NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
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[Ilustración]
ESTRELLA
[Ilustración]
ABATE
PRÉVOST
MANON
LESCAUT
PALABRAS
LIMINARES
[Ilustración]
_Hay libros amables (es la palabra), divertidos, que, bien por su clave, bien por encarnar una idea o una modalidad superficial, flotante en la atmósfera, se leen golosamente, se comentan en vaga y amena charla y... se olvidan. Son libros actuales; tienen la efímera trascendencia de una moda; como ella pasan pronto y, como ella también, después de mucho tiempo, adquieren un valor simplemente anecdótico. Cuando uno de esos libros, en el transcurso de unos años, vuelve a caer en nuestras manos, sentimos un gran impulso de alegría y decimos para nuestro capote: «¡Gracias a Dios que hemos dado con un libro ameno! ¡Éste sí que es divertido!». Pero según avanzamos en la lectura, nos llamamos a engaño, considerándonos defraudados. ¡Pero es posible! ¡Si cuando lo leímos la primera vez nos encantó! ¡Y vemos con asombro que aquel libro ha envejecido atrozmente, que todo lo que antes nos pareció delicioso ahora nos aburre, y dejámoslo caer con un bostezo; es viejo ya y no tiene aun el interés documental. Y es así porque trátase de un conflicto artificial, creado por una «manera» de vida convencional, porque no es humano. Quiero decir, que los lances pueden parecernos momentáneamente divertidos, pero el pensamiento fundamental no se basa en una de esas eternas leyes como tales comunes a todos los tiempos y a todos los pueblos._
_Existen, en cambio, obras que no nos parecen tan divertidas, que hasta leemos con cierta dificultad (si confesamos la verdad, no siendo profesionales, eruditos o no teniendo el espíritu muy predispuesto a ello, todas las obras maestras se nos hacen un poco fatigosas de leer), pero que dejan una huella duradera en nuestro espíritu, que recordamos en momentos dados, por sus raras concomitancias con nuestro estado anímico, y que cada vez que son leídas se saborean con mayor delectación, sencillamente por eso, porque son «humanas», porque las pasiones que hay en sus páginas no son privativas de éstos o los otros, sino comunes a toda la humanidad, a todos los tiempos._
_«Manon Lescaut», que es además una delicia de gracia, de viveza y de color, pues que casi ayuna de descripciones, «sugiere» a maravilla el XVIII francés y revélalo en una serie de estampas mitad sentimentales, mitad libertino-burlescas, es una novela eterna, porque es la novela del amor por excelencia. Podrán autores después habernos dado otros libros en que la tragedia del amor sea más sombría, más violenta, más recargada de tintas, en que se pinte el descenso hacia la vileza, la miseria y la muerte por la pendiente de las pasiones con más brío, pero eso no quitará lozanía a la jugosa narración del abate Prévost, que, justamente en su sencillez, lleva su encanto de verdad._
_¡Manon, deliciosa muñeca que no eres ni perversa, ni liviana, ni abnegada, ni apasionada, y que, sin embargo, lo eres todo, porque eres «atrozmente» femenina! ¡Caballero Des Grieux que amas y ofrendas tu vida, que sabes envilecerte conservando en la vileza tu innato señorío, qué reales os ofrecéis a nosotros!_
_Todo, todo es en estas páginas de una pasmosa certeza; todo está lleno de amorosos apotegmas, «El amor es o no es desde el primer momento»; y el futuro caballero de Malta ama a Manon desde que la ve ante aquella deliciosa posada que tiene el encanto de un grabado de la época. «En todo amor, uno ama y otro se deja amar»; es el caballero Des Grieux el que ama. Manon se deja amar de él, se deja amar y es liviana y egoísta, y ambiciosa y cruel y mentirosa, y encuentra las argucias perversas de todos los que no aman; «la fidelidad que quiero de vos es la del corazón; la otra no me importa». «En toda historia de mujer hay un collar»; y un collar de perlas hay en la de Manon Lescaut._
_Y si verdad es ella, no menos verdad es él, con sus renunciamientos, sus abdicaciones, sus cobardías y las ficciones con que, exaltando los gestos de ella, pretende engañarse a sí mismo... sin conseguirlo. Aunque para ello ha de atribuirle virtudes que sabe muy bien que no posee. El amor envilece al caballero Des Grieux y el amor le redime._
_Y si ciertos son ellos, ciertos son también los que les rodean, el viejo G... M..., Tiberio, Marcelo y aquellos guardianes que al saber «la enormidad» de la pasión del caballero, en vez de compadecerlo, le explotan y suben sus tarifas hasta agotar su exiguo haber._
El caballero ama, ella se deja amar; la ama tanto que ella, algunas veces, cuando es muy desdichada, llega a amarle también... sin perjuicio de volver a mentirle el día que volviese a ser feliz.
ANTONIO DE HOYOS Y VINENT
[Ilustración]
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HISTORIA
DE
MANON LESCAUT
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PRIMERA
PARTE
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Me veo obligado a hacer retroceder al lector a los días de mi vida en que encontré por vez primera al caballero Des Grieux. Fué aproximadamente seis meses antes de mi excursión a España. Aunque raramente abandonaba mi soledad, el cariño que sentía por mi hija y el deseo de complacerla llevábanme algunas veces a emprender cortos viajes, que, a decir verdad, abreviaba todo lo posible.
Volvía un día de Rouen, donde había ido cediendo a sus súplicas, para solicitar de la administración normanda la resolución favorable de un asunto de tierras a que tenía derecho por herencia de mi abuelo materno. Habiendo reanudado mi ruta por Evreux, llegué al día siguiente a la hora de comer a Passy. Sorprendióme al entrar en la ciudad encontrarme a los habitantes presa de extraña inquietud; salían precipitadamente de sus casas para correr a la puerta de una posada donde veíanse dos carricoches cerrados. Los caballos espumeantes y cubiertos de sudor, decían muy a las claras que acababan de llegar.
Detúveme un momento para averiguar las causas del tumulto, pero nada pude sacar en limpio de aquellas gentes que curiosas se atropellaban camino de la hostería sin prestar atención ninguna a mis preguntas; por fin vi en la puerta a un arquero, ostentando su bandolera, un arcabuz a la espalda, y le llamé; roguéle me explicase las causas de tanto ruido. «No es nada, caballero--aseguróme--. Son unas cuantas prostitutas que llevo con mis compañeros a Havre-de-Grâce, donde las embarcaremos para América. Hay algunas guapas, y eso es al parecer lo que excita la curiosidad de los buenos campesinos».
Hubiérame contentado con esa explicación a no ser por las lamentaciones de una vieja que salió del parador clamando con grandes espavientos que aquello era una cosa bárbara, una cosa que movía al horror y la compasión. «¿Pero qué es?»--la interrogué. «¡Ah! caballero, entre usted--me contestó--y verá si el cuadro no es para oprimir el corazón a cualquiera». La curiosidad obligóme a descender del caballo, que entregué a mi palafrenero. Entré abriéndome paso dificultosamente por entre la multitud, y mis ojos vieron efectivamente algo emocionante.
Entre las doce hembras, encadenadas de seis en seis por la cintura, había una cuyo rostro y cuyo aspecto eran tan poco conformes con su condición, que en cualquier otro lado hubiérala tomado por persona principal. Su tristeza, la suciedad y miseria de sus ropas, enturbiaban tan poco su belleza, que su vista me inspiró respeto y piedad. Trataba, sin embargo, de ocultar su persona y su rostro, todo lo que la cadena permitía, para recatarlos a las miradas indiscretas, y lo más notable era que el esfuerzo que hacía para ocultarse era tan natural que parecía dictado por un sentimiento de modestia.
Como los seis guardias que acompañaban y vigilaban a las desdichadas hallábanse en la estancia con ellas, llevéme aparte al jefe que les mandaba, para pedirle algunos esclarecimientos sobre la suerte destinada a la joven. No pudo decirme sino generalidades. «La hemos sacado del hospital por orden expresa del jefe superior de Policía--aclaró--. Y no es de suponer que estuviese allí por sus virtudes. Por lo que a mí se refiere, la he interrogado varias veces durante el viaje, y se obstina en no contestarme. Aunque no tengo ningún encargo especial de benevolencia para ella, no he dejado de guardarla ciertas consideraciones, pues me parece de mejor condición que sus compañeras. Ahí tenéis un joven que tal vez pueda instruiros; mejor que yo sabe los motivos de su desdicha; viene siguiéndola desde París sin cesar ni un momento de llorar. Forzosamente, trátase de su amante o de su hermano».
Volví los ojos en la dirección que me indicaban, y vi al joven sentado en un rincón. Parecía sumido en profundo ensueño, y, a decir verdad, jamás vi más exacta imagen del dolor. Vestía muy sencillamente, pero distinguíase a primera vista al hombre de cuna y educación. Acerquéme a él; alzóse de su asiento, y vi en sus ojos, en su rostro y sus ademanes todos, un no sé qué de noble, que me predispuso a desear servirle. «No quisiera molestaros--díjele sentándome a su lado--. Desearía tan sólo que satisficieseis la curiosidad que me impulsa a conocer a la bella damisela, que no me parece hecha para un destino tan cruel como el que le cupo en suerte».
Contestóme con franqueza que se lo impedía la imposibilidad en que se hallaba de satisfacer mi curiosidad sin aclarar al mismo tiempo su personalidad propia, y que esto no le era dable por tener muchas razones para desear guardar el incógnito. «Puedo deciros, eso sí, lo que no ignoran ni esos miserables--prosiguió mostrándome a los arqueros--. Que la amo con una pasión violenta que hace de mí el más infortunado de los hombres. Hice en París esfuerzos sobrehumanos para conseguir su libertad, pero las súplicas, la astucia y la fuerza han sido inútiles. He tomado el partido de seguirla aunque sea al fin del mundo. Me embarcaré con ella; iré a América. Pero lo cruel, lo inícuo, es que esos malvados--y aludía a los guardianes--, no me dejan acercarme a ella. Mi intención era atacarlos a algunas leguas de París; había conseguido asociarme a cuatro hombres, que, a cambio de una suma considerable, me ofrecieron su ayuda; los canallas me abandonaron a mis propias fuerzas y se largaron con el dinero. La inutilidad de intentar vencer por la violencia me hizo rendir armas; entonces propuse a los arcabuceros que me permitiesen seguirles ofreciendo una recompensa; la esperanza de las ganancias les movió a acceder. Me han obligado a pagarles cada vez que he querido hablar con mi querida. Mi bolsa quedó exhausta en muy poco tiempo, y ahora tienen la crueldad de rechazarme cuando intento acercarme a ella. Hace un rato, como sin hacer caso de sus amenazas me aproximé, tuvieron la osadía de alzar contra mí la culata de sus fusiles. Me veo precisado, para satisfacer su avaricia y para poder seguir el camino, a vender aquí un caballo muy malo que hasta ahora me sirvió de cabalgadura y tendré que seguir a pie».
Aunque pareció hacer su narración con bastante serenidad, dejó, al concluir, caer algunas lágrimas. La aventura me pareció de las más emocionantes y enternecedoras. «No quiero arrancaros vuestro secreto--díjele--, pero si puedo seros útil en algo me ofrezco gustoso a serviros.--¡Pardiez!--replicó--no veo ni la menor luz de esperanza; he de someterme a la crueldad de mi destino; iré a América; a lo menos allí seré libre con la mujer a quien amo. He escrito a un amigo que me enviara algún dinero a Havre-de-Grâce; no me preocupa sino la manera de ir hasta allí y la de procurar a esta infeliz criatura--añadió mirando con ternura a su amada--algunos consuelos durante el camino.--Pues bien--le dije--voy a poner fin a vuestros apuros. Aquí tenéis algún dinero que os ruego aceptéis y conste que siento no poder prestaros mejor ayuda».
Dile cuatro luises de oro sin que los guardianes se percatasen de ello, pues suponía, con fundamento, que si le sabían dueño de tal suma, sus exigencias serían mayores. Hasta ocurrióseme la idea de hacer un trato con ellos para que el enamorado doncel pudiese hablar libremente a su querida, hasta llegar al Havre. Dicho y hecho; llamé al jefe y sin ambages hícele mi proposición. Pareció avergonzado, pese a sus fanfarronadas. «No es, caballero--comenzó con aire de confusión--, que nos neguemos a dejarle hablar a esa mujer, pero si fuése por él estaría perpetuamente a su lado; eso nos crea una molestia; justo es que pague.--Veamos--interrogué--cuánto haría falta para que no la experimentaseis». Tuvo la audacia de pedirme dos luises. Se los di inmediatamente. «Pero tenga cuidado--le previne--que no se les ocurra hacer ninguna granujada, pues voy a darle mis señas al joven ese con objeto de que pueda informarme, y esté seguro de que tengo influencia bastante para hacerles castigar si no cumple lo convenido». Costóme, pues, el encuentro, seis luises de oro.
La graciosa sencillez y la viva gratitud que el joven desconocido me mostró, acabaron de persuadirme de que había nacido en nobles pañales y que merecía mis liberalidades. Antes de partir dirigí la palabra a su amiga, la cual me contestó con una modestia tan encantadora y dulce, que sirvió para sugerirme, mientras me alejaba de allí, mil reflexiones sobre el extraño carácter de las mujeres.
Encerrado nuevamente en mi soledad, nada supe sobre la continuación de la aventura. Pasaron así dos años durante los cuales llegué a olvidar el lance, hasta que la casualidad me hizo saber todas las circunstancias de él.
Volvía yo de Londres a Calais con el marqués de... mi discípulo; nos habíamos alojado, si no recuerdo mal, en el León de Oro, donde por motivos que no son del caso nos vimos forzados a pasar todo el día y la noche siguientes. Paseando aquella tarde por las calles, creí divisar al mismo joven con quien me topara en Passy. Estaba bastante mal de indumentaria y mucho más pálido que la primera vez que me encontré con él. Llevaba un viejo portamantas en la mano y parecía recién llegado.
Sin embargo, como era demasiado guapo chico para pasar inadvertido, no dudé ni un momento, y dije al marqués: «Hemos de abordar al muchacho ese».
Su alegría no tuvo límites cuando él a su vez me reconoció. «¡Ah! caballero--exclamó con júbilo--. Soy feliz al poder expresaros una vez más mi gratitud». Le pregunté de dónde venía y me dijo llegaba por mar de Havre-de-Grâce, donde hacía poco había desembarcado de América. «No me parece que os halléis floreciente de dinero--insinué--. Id si queréis al León de Oro, donde habito yo. En seguida iré a reunirme con vos».
Volví, efectivamente, impaciente por saber los detalles de su infortunio y de su extraño viaje a América. Hícele mil finezas y di órdenes para que no le faltase nada. No esperó que yo le incitase para contarme la historia de su vida. «Caballero--me dijo--os portáis conmigo de tal guisa que tendría a baja ingratitud ocultaros nada. Quiero contaros no sólo mis desgracias y mis penas, sino mis debilidades y mis desórdenes más vergonzosos. Estoy seguro de que, aun condenándolos, no podréis por menos de compadecerme».
Debo advertir aquí a mis lectores que escribí su historia casi inmediatamente después de habérsela oído contar, y que por lo tanto pueden estar seguros y tranquilos respecto a la veracidad y exactitud de la misma. He sido gráfico hasta en la reprodución de las reflexiones y el reflejo de los sentimientos que el aventurero expresaba con gracia encantadora. He aquí la narración en que no entremezclaré nada que no haya oído de sus labios.
* * * * *
Tenía yo diecisiete años y acababa mis estudios de filosofía en Amiens, adonde mi familia, perteneciente a una de las más nobles Casas de P... me había enviado. Llevaba una vida tan ordenada y sensata que mis maestros me ponían como ejemplo a mis condiscípulos. No es que yo hiciese esfuerzos extraordinarios para merecer esta opinión halagüeña, sino más bien que mi carácter es dulce y tranquilo por natural inclinación. Aplicábame al estudio por afición y me ponían en el activo de las virtudes lo que en realidad no era sino aversión a los vicios. Mi nacimiento, mi amor a la aplicación y algunos naturales atractivos me habían hecho ser conocido y estimado de toda la población.
Acabé mis ejercicios públicos con general aprobación hasta el punto de que el señor Obispo, que asistía a ellos, me propuso prepararme para el estado eclesiástico, donde, según él, adquiriría más gloria que en la Orden de Malta a que me destinaban mis padres. Hacíanme a este propósito llevar ya la cruz con la denominación del Caballero Des Grieux. Llegadas las vacaciones, disponíame a volver a casa de mi padre que me había prometido enviarme en seguida a la Academia.
Mi única pena al dejar Amiens era perder un amigo a quien me uniera siempre tierna amistad. Era mayor que yo. Nos habíamos educado juntos, pero siendo su patrimonio harto modesto veíase obligado a abrazar el estado eclesiástico y a permanecer en Amiens después de mi marcha para seguir los estudios que correspondían a su profesión. Tenía mil buenas cualidades. Las mejores las iréis encontrando en el curso de mi historia, sobre todo un celo y una generosidad en la amistad que sobrepasan los más célebres ejemplos del mundo antiguo. Si yo hubiese seguido sus consejos, hubiese sido siempre sensato y feliz. Si a lo menos hubiese aprovechado sus reproches en el abismo a que mis pasiones me arrastraron, algo hubiese salvado en el naufragio de mi fortuna y mi reputación. Pero no recogí otro fruto de sus enseñanzas que la pena de verlas inútiles, y aún, algunas veces, duramente recompensadas con las repulsas de un ingrato que se ofendía con ellas y las calificaba de impertinencias.
Había yo señalado la fecha de mi marcha de Amiens. ¡Por qué no la señalaría para un día antes o después! Hubiese llevado a la presencia paterna el tesoro de mi inocencia. La víspera misma del día en que debía abandonar la villa, estando paseando con mi amigo, que se llamaba Tiberio, vimos llegar el coche de Arras y lo seguimos hasta la posada donde esos vehículos se detenían. Ningún motivo que no fuése la curiosidad nos impulsaba a ello. Salieron de él algunas mujeres que al instante internáronse en el parador, pero quedó allí una muy joven que permaneció en el patio, mientras que un viejo, que parecía servirle de rodrigón, apresurábase a hacer retirar sus equipajes de los cestos. Parecióme tan bella, que yo, que jamás me había parado a pensar en la diferencia de los sexos, ni mirado a una mujer con mediana atención, yo, repito, de quien todo el mundo admiraba la sensatez y la tranquilidad, hálleme súbitamente inflamado de pasión hasta el delirio. Tenía el defecto de ser excesivamente tímido y fácil de desconcertar, pero en aquel caso, en vez de verme detenido por aquella debilidad, avancé resueltamente hacia la desconocida.
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Aunque seguramente era más joven que yo, recibió mis galanterías sin mostrarse azorada. Preguntéle qué le llevaba a Amiens, y si tenía amistades o conocimientos allí. Contestóme ingenuamente que iba enviada por su familia para profesar como religiosa. El amor, aunque sólo hacía un momento que anidaba en mi alma, hacíame tan clarividente, que desde luego miré aquello como un golpe mortal asestado a mis deseos. Habléle de manera que no le dejó duda respecto a mis sentimientos, pues por lo visto poseía mucha más experiencia que yo. Según dijo, la enviaban al convento contra su voluntad, para evitar, indudablemente, una naciente inclinación al placer, causa luego de todas sus desgracias y las mías. Combatí la cruel determinación de sus padres con todas las razones que mi amor y mi elocuencia escolástica me sugirieron. No mostró ni enfado ni desdén; díjome, tras un momento de silencio, que presentía desde luego que iba a ser desgraciada, pero que indudablemente debía ser voluntad celeste, cuando ningún medio tenía de evitarlo. La dulzura de sus miradas, un aire encantador de tristeza al pronunciar las anteriores palabras, o mejor la fatalidad de mi destino, que me arrastraba a la perdición, no me dejaron ni un instante de duda. La juré que, si quería confiar en mi honor y en la infinita ternura que me inspiraba ya, daría gustoso mi vida por librarla de la tiranía de los suyos y hacerla feliz. Mil veces me pregunté después, con asombro, de dónde me vinieron entonces la audacia y la facilidad para expresarme, pero no valdría la pena hacer del amor una divinidad si no supiese realizar tales prodigios.
Mi bella desconocida no ignoraba que a mi edad no se miente. Confesóme que si yo creía ver algún medio para ponerla en libertad, se consideraría deudora a mí de algo que estimaba más que la vida. La repetí que estaba dispuesto a emprender cualquier empresa por difícil y arriesgada que fuése, pero que careciendo de la necesaria experiencia de los medios de qué valerme, tenía que limitarme a aquella afirmación, que a decir verdad no era de gran utilidad ni para ella ni para mí. Como llegara entonces su viejo Argos, mis esperanzas iban a evaporarse a no haber tenido ella suficiente ingenio para suplir la deficiencia del mío. Quedéme asombrado a la llegada de su ayo, al ver que me llamaba primo mío y que, sin parecer desconcertada en lo más mínimo, me decía, que, puesto que había tenido la suerte de encontrarme en Amiens, dejaba para el día siguiente su entrada en el convento, por tener el gusto de cenar en mi compañía. Comprendí pronto el alcance de su astucia y propúsele hospedarse en una posada cuyo dueño, establecido en Amiens después de haber sido muchos años cochero de mi padre, me era adicto en cuerpo y alma.
Llevéla yo mismo, mientras el viejo rumiaba no sé qué protestas, y mi amigo Tiberio, que no comprendía nada de la escena, nos seguía sin pronunciar palabra. No había este último oído palabra de nuestra conversación, entretenido en pasear por el patio, mientras hablaba yo de amor a mi bella desconocida. Como desconfiaba de su severidad, me deshice de él, dándole un encargo. Así tuve el placer, al llegar al albergue, de hablar a solas con la dueña de mi corazón.
Pronto me di cuenta de que era menos niño de lo que yo mismo creía. Esponjábase mi corazón en mil tiernas y deliciosas sensaciones de que jamás había tenido sospecha; una tibia sensación de bienestar corría por mi cuerpo. Era presa de loco delirio que por algún tiempo me quitaba el uso de la palabra y que sólo se exteriorizaba en los ojos.
La señorita Manon Lescaut, así me dijo llamarse, parecía harto satisfecha del efecto de sus encantos sobre mí. Creí notar que hallábase no menos emocionada que yo, y aun me confesó que me encontraba amable y que le encantaría deberme su libertad. Quiso saber quién era yo, y una vez sabido, el conocimiento pareció aumentar la naciente simpatía, pues, según dijo, siendo de la misma clase, halagábala más mi conquista. Buscamos modo de poder ser el uno del otro.
Después de mucho cavilar no hallamos más camino que la fuga. Había en primer lugar que burlar la vigilancia del guardián que era hombre de temer, pese a su simple condición de criado. Decidimos que haría preparar durante la noche una silla de posta, y que vendría con ella a buscarla antes de que se hubiese despertado, que nos escaparíamos secretamente y que iríamos a París, donde nos haríamos casar. Tenía yo unos cincuenta escudos, fruto de mis ahorros; ella poseía poco más o menos el doble. Nos imaginábamos, como niños que eramos, sin experiencia ninguna de la vida, que una suma así no se acabaría nunca, e igualmente contábamos con el éxito de nuestras otras medidas.
Después de cenar con más gusto que lo hiciera nunca, me retiré para poner en ejecución nuestros planes. Mis arreglos fueron tanto más fáciles, cuanto que, habiendo tenido intenciones de volver al día siguiente a casa de mi padre, mi reducido equipaje estaba ya preparado. No hallé, pues, dificultad ninguna para hacer transportar mi cofre y tener un coche preparado para las cinco de la mañana, que era la hora en que se abrían las puertas de la ciudad, pero en cambio tropecé con un obstáculo con el que no contaba, y que estuvo a punto de dar con mis planes en tierra.
Tiberio, aunque sólo tenía tres años más que yo, era muchacho de muy buen sentido y de intachable conducta. Me quería con ternura extraordinaria. La vista de tan bella damisela como la señorita Manon, mi apresuramiento en servirla y mi insistencia en deshacerme de él, hiciéronle concebir sospechas de mi amor. No había osado volver a la posada por miedo a ofenderme con su vuelta, pero fué a esperarme a mi habitación, donde le hallé a mi llegada, pese a ser ya más de las diez de la noche. Su presencia me entristeció; notó él pronto la contrariedad que me causaba. «Estoy seguro--me dijo sin ambages--que meditas algún plan que quieres ocultarme; lo veo en tu aspecto». Contestéle bruscamente «que no estaba ciertamente obligado a rendirle cuentas de mis acciones». Pero insistió tanto y tan perseverantemente para que le revelara mi secreto, que no estando acostumbrado a guardar reserva con él, hícele la confesión completa de mi pasión. Recibióla con tales muestras de descontento, que me hizo estremecer. Arrepentíme sobre todo de la indiscreción con que le había descubierto mi plan de fuga. Díjome que era demasiado amigo mío para no oponerse con todas sus fuerzas; que quería comenzar por exponerme todo lo que creía capaz de desviarme del peligroso proyecto, pero que si no renunciaba inmediatamente a aquella infame resolución, advertiría a las personas a quienes creyese capacitadas para detener el golpe. Echóme luego un largo discurso y acabó por reiterarme su amenaza de denunciarme si no le daba mi palabra de portarme con prudencia y cordura.
Estaba yo desesperado de haberme traicionado tan torpemente, pero habiendo, el amor, en unas horas, despertado el ingenio, puse mientes en que no le había dicho que mi decisión debía realizarse a la mañana siguiente, y decidí engañarle con un equívoco: «Tiberio--le dije--hasta hoy te he creído mi mejor amigo y he querido probarte con esta confidencia. Verdad es que amo, y no te engaño con ello, pero por lo que a mi fuga se refiere, no es empresa para emprenderla al azar. Ven a buscarme mañana a las nueve de la mañana; si es posible te haré ver a mi amada y me dirás si vale o no la pena de dar este paso por ella». Dejóme por fin solo, tras mil protestas de amistad.
Empleé toda la noche en poner en orden mis asuntos y habiéndome encaminado al amanecer a la hostería de la señorita Manon, la encontré esperándome. Estaba asomada a su ventana, que daba a la calle, así que, viéndome a lo lejos, vino ella misma a abrirme. No tenía más equipaje que su ropa blanca, y de ella me encargué yo mismo. La silla de postas estaba preparada y así nos alejamos en seguida de la villa. Ya os contaré a continuación cuál fué la conducta de Tiberio, al darse cuenta de mi engaño. Su abnegación no disminuyó. Ya veréis a qué extremos le llevó y cuántas lágrimas debiera yo verter pensando lo mal que le correspondí.
Tanta prisa nos dimos, que llegamos a Saint-Denis antes de anochecer. Había galopado a caballo al lado del coche, lo cual nos impidió hablarnos como no fuése en los relevos, pero viéndonos ya cerca de París, es decir, casi en seguridad, nos tomamos tiempo para refrescar y comer algo, cosa que no habíamos hecho desde que salimos de Amiens. Aunque mi pasión por Manon era muy grande, supo ella persuadirme de que la suya por mí no era menor, y tan poco reservados éramos en nuestras caricias, que ni aun paciencia teníamos para esperar a estar a solas. Los postillones y los hosteleros nos miraban, asombrados de ver dos adolescentes como nosotros que parecían amarse con tal fervor.
Nuestros proyectos matrimoniales evaporáronse al llegar a Saint-Denis; frustramos los derechos de la Iglesia y nos encontramos casados sin saber cómo. Es indudable que, dado mi natural tierno y amante, mi felicidad estaba hecha para toda la vida si Manon me hubiese sido fiel. Cuanto más la trataba, más descubría en ella mil amables cualidades. Su dulzura, su ingenio, su corazón y el encanto de su belleza formaban una cadena tan fuerte y tan encantadora que jamás hubiera sido yo capaz de romperla. Espantosa versatilidad de las cosas humanas, lo que hizo mi desdicha, pudo hacer mi felicidad. Justamente soy el más desgraciado de los hombres por esa constancia que debió depararme la suerte más envidiable y las más hermosas recompensas del amor.
Alquilamos un piso amueblado en París, en la calle de V..., y quiso mi suerte aciaga que resultase próxima a la casa del señor de B..., famoso Granjero-General. Tres semanas iban transcurridas en las cuales de tal modo me tuvo embargado el amor, que no tuve tiempo de pensar en el dolor que debía haber producido a mi padre mi inopinada ausencia. Sin embargo, como el desorden nada tenía que ver con mi conducta, y Manon se comportaba con gran decoro, la misma tranquilidad en que vivíamos contribuyó a recordarme la idea del deber.
Resolví reconciliarme con mi padre si era posible. Valía tanto mi amante que no dudé poder hacerla grata a sus ojos si conseguía que llegase hasta él noticia de su bondad y su mérito; en una palabra, concebí esperanzas de llegar a obtener su consentimiento para casarme con ella, ya que sin él, había llegado a la conclusión de que era imposible. Participé mis proyectos a Manon haciéndola ver que, además de los motivos de amor y de deber, la necesidad podía ser parte en ello, pues nuestros fondos disminuían de un modo aterrador y comenzaba a volver sobre mi primitiva idea de que eran inagotables.
Manon acogió fríamente mi proyecto; sin embargo, las razones que opuso a él nacían tan sólo de su misma ternura y el miedo de perderme, si conocido el lugar de nuestro retiro, mi padre no cedía. No tuve ni la menor sospecha del golpe cruel que iban a asestarme. A mi objeción de la penuria monetaria, contestó que aun nos quedaba dinero para vivir algunas semanas y que después acudiría al afecto y a la munificencia de unos parientes provincianos. Endulzó su negativa con tan tiernas y apasionadas caricias, que yo, que sólo para ella vivía, y no sentía la menor desconfianza de su cariño, no pude menos de aprobar todas sus palabras y todas sus resoluciones.
Habíale dejado el manejo de nuestra bolsa y el cuidado de saldar los gastos diarios. Poco tiempo después me di cuenta de que nuestra mesa era más abundante y de que ella se había comprado algunos adornos de precio exhorbitante. Como según mis cálculos no debían de quedarnos sino diez o quince pistolas, no pude por menos de expresarle mi asombro ante aquel aparente aumento de opulencia. Rogóme que no me preocupara de ello. ¿No te había prometido encontrar recursos?--me dijo. Queríala yo demasiado y con demasiada ingenuidad para alarmarme.
Un día que había salido a media tarde, habiéndola advertido que tardaría más que de costumbre en volver, chocóme que a mi regreso me hiciese esperar dos o tres minutos antes de abrir la puerta. No teníamos a nuestro servicio sino una mozuela aproximadamente de nuestra edad. Venido que hubo a abrirme, le pregunté por qué había tardado tanto. Me contestó con aire de confusión que no me había oído llamar. Como no había llamado sino una vez, le dije: «¿Pero si no has oído llamar, cómo has salido a abrir?». Mi pregunta la desconcertó de tal modo que no teniendo bastante serenidad para contestarme, echóse a llorar, mientras entre balbuceos me juraba que no era culpa suya, que la señorita la había prohibido abrir la puerta hasta que el señor de B... hubiese salido por la otra escalera que correspondía al gabinete. Quedé tan confuso que ni aun fuerzas tuve para entrar en casa. Tomé el partido de volver a salir con pretexto de un negocio urgente y encargué a la sirvienta que dijese a su ama que volvería al instante, pero que no le dijese, en cambio, que me había hablado de M. de B...
Mi consternación fué tal que las lágrimas rodaban por mis mejillas al bajar la escalera, sin saber aún a qué sentimiento obedecían. Entré en un café, y habiéndome sentado junto a una mesa oculté la cabeza entre las manos, tratando de esclarecer lo que pasaba en mi corazón. No me atrevía a recordar lo que acababa de oir; quería creerlo una alucinación y tentado estuve dos o tres veces de volver a mi casa sin mostrar haberlo dado importancia. Parecíame tan absurdo que Manon me hubiese traicionado, que temía injuriarla con la sola sospecha. Adorábala, de ello no había duda; tantas pruebas de amor me había dado ella a mí, como yo a ella. ¿Por qué había, pues, de acusarla de ser menos sincera y menos constante que yo? ¿Qué razón podía tener para traicionarme? No hacía sino tres horas que me había agobiado con sus más tiernas caricias y que había recibido las mías con delirio; creía conocer su corazón como el mío mismo. «No, no--repetía sin cesar--. ¡Es imposible que Manon me engañe! No ignora que sólo vivo para ella; sabe que la adoro... Eso no puede ser motivo para odiarme».
Sin embargo, la visita, y sobre todo la salida furtiva de M. de B..., no dejaban de preocuparme. Recordaba también las pequeñas adquisiciones de Manon, que me parecían exceder nuestros medios presentes. Aquello parecía denunciar las liberalidades de un nuevo amante. ¡Y aquella confianza en recursos desconocidos! Costábame trabajo contestar a tantos enigmas en el sentido favorable en que mi corazón deseaba la respuesta. Por otra parte, apenas me había separado de ella desde que estábamos en París. Ocupaciones, paseos, diversiones, siempre habíamos ido el uno con el otro. ¡Dios mío!, un momento de separación nos hubiese entristecido demasiado! Teníamos que repetirnos constantemente que nos amábamos; sin ello hubiésemos muerto de inquietud. No me era posible figurarme a Manon ni un solo momento ocupada de otro que no fuése yo.
Al fin creí haber dado con la clave de aquel misterio. «M. de B...--repetíame--es indudablemente un señor que posee muchas relaciones y que hace grandes negocios; la familia de Manon se habrá servido de él para hacer llegar a sus manos algún dinero. Quizá ha recibido ya algo de él, tal vez haya vuelto hoy a traerle más. Sin duda quiere bromear ocultándomelo, para sorprenderme agradablemente. Quién sabe si ya me hubiese hablado de ello si hubiese vuelto tranquilamente como todos los días, en vez de venir a afligirme aquí. Por lo menos no me lo ocultará cuando yo mismo le hable de ello».
Me afirmé de tal modo en esta opinión, que inmediatamente tuvo poder bastante para disminuir mi tristeza. Volví a mi casa y abracé a Manon que, por otra parte me recibió muy bien, con la habitual ternura. Tentado estuve de descubrirle mis conjeturas que, más que antes, consideraba ciertas; detúvome, sin embargo, la esperanza de que tal vez iba ella a abrirme su corazón, contándome lo sucedido.
Nos sentamos a la mesa; yo estaba muy contento, pero pronto se nubló mi alegría creyendo percibir huellas de tristeza en el rostro de mi adorada. Observé también que sus miradas se fijaban en mí de manera desacostumbrada. No pude definir si era amor o compasión, pero desde luego me pareció un sentimiento tierno y lánguido. Púseme a mirarla con redoblada atención; tal vez no sería menor la tristeza que sentiría ella al juzgar por mis miradas el estado de mi corazón. Ni comíamos, ni hablábamos; en fin, vi caer lágrimas de sus bellos ojos; ¡pérfidas lágrimas!
«¡Dios mío!--clamé con angustia--¡Lloras, mi adorada Manon, sufres hasta llorar, y no me dices palabra de tus penas!». No me contestó sino con algunos suspiros que sirvieron para aumentar mi inquietud. Alcéme del asiento tembloroso y la conjuré con todos los extremos que emplea el amor en tales casos a descubrirme la razón de sus lágrimas; yo mismo acabé por verterlas tratando de enjugar las suyas; estaba más muerto que vivo. Un bárbaro hubiérase enternecido ante los testimonios de mi dolor y mi temor.
En los momentos en que así me ocupaba de ella sentí que varias personas subían las escaleras. Llamaron suavemente a la puerta. Manon me dió un beso, y escapándose de mis brazos refugióse en su cuarto, donde se encerró. Me figuré que estando sin arreglar quería ocultarse a las miradas de los desconocidos visitantes. Fuí a abrir yo mismo.
Apenas lo hube hecho, me sentí sujeto por tres hombres, en los que reconocí a los lacayos de mi padre. No emplearon violencias conmigo, pero habiéndome sujetado dos de ellos por los brazos, el tercero registró mis bolsillos, sacando de ellos un cuchillito, que era la única arma que llevaba yo encima. Pidiéronme perdón por la necesidad en que se veían de faltarme al respeto; dijéronme también, naturalmente, que obraban por orden de mi padre, y que mi hermano mayor me aguardaba abajo en una carroza. Tan turbado me hallaba, que me dejé llevar sin resistencia y sin protestas. Mi hermano me aguardaba, efectivamente. Colocáronme en la carroza a su lado, y el cochero, que había recibido órdenes con antelación, nos condujo a buen paso hasta San Denis. Mi hermano me abrazó afectuosamente, pero no me dijo nada, de modo que quedé libre para meditar sobre mi infortunio.
Eran tantas las sombras, que no llegaba a mí ninguna claridad que me permitiese orientarme. Veíame cruelmente traicionado; pero ¿por quién? El primero que me vino a las mientes fué Tiberio; «¡Traidor!--pensé--; ¡ay de tu vida si mis sospechas se confirman!». Reflexioné, sin embargo, que ignorando el lugar de mi retiro era imposible que por él hubiesen llegado a saberlo. En cuanto a acusar a Manon, era cosa de que mi corazón no se sentía capaz. La tristeza extraordinaria bajo cuyo peso habíala visto como anonadada, sus lágrimas, el tierno beso que me dió a punto de partir, parecíanme, sí, un enigma, pero más bien me inclinaba a explicármelo como un presentimiento de nuestra común desdicha. Así, mientras me desesperaba ante los acontecimientos que me alejaban de ella, tenía el candor de pensar que era aún más digna de lástima que yo.
El resultado de mis cavilaciones fué la convicción de haber sido visto en las calles de París por algunos conocidos que habrían dado aviso a mi padre. Aquella idea me consoló algo, pensando que saldría del paso con alguna reprimenda o algún castigo. Prometíme sufrirlo con paciencia y ofrecer cuanto exigiesen de mí a trueque de facilitarme ocasión de volver a París lo antes posible, para devolver vida y alegría a mi querida Manon.
Llegamos pronto a San Denis. Mi hermano sorprendido por mi silencio dió a imaginar que era efecto de mi temor y procuró consolarme, asegurándome que nada tenía que temer de parte de mi padre a condición de que volviese a él dispuesto a entrar resueltamente por los caminos del deber, para merecer el gran cariño que me tenía. Hízome pasar la noche en San Denis, teniendo la precaución de hacer que durmiesen en mi cuarto los tres lacayos.
Lo que más me entristeció fué verme en la misma posada donde me había detenido con Manon viniendo de Amiens a París. El amo y los criados me reconocieron y adivinaron al mismo tiempo la verdad de lo sucedido. Oí decir al dueño: «¡Ah!, es el guapo caballerito que pasó por aquí hace seis semanas con una damisela a quien parecía amar con locura. ¡Qué bonita era! ¡Pobres muchachos, cómo se acariciaban! ¡Pardiez! Es lástima que les hayan separado». Hice como que no me enteraba de nada y traté de mostrarme lo menos posible.
Mi hermano tenía preparada en San Denis una silla de postas en la que partimos por la mañana temprano, llegando a casa a la noche siguiente. Vió a mi padre antes que yo, para prevenirle en favor mío, diciéndole con qué mansedumbre me había dejado conducir allí; de este modo fuí recibido con menos dureza de la que esperaba. Limitóse a algunos reproches generales sobre la falta cometida por mí, ausentándome sin su permiso. Por lo que a mi amante se refería, redújose a decirme que me estaba muy bien empleado lo sucedido, por haberme entregado en brazos de una mujer desconocida; que tenía él mejor opinión de mi prudencia; pero que esperaba que aquella aventurilla sirviese para hacerme más cauto. No tomé el discurso sino en el sentido que acordaba con mis ideas. Agradecí a mi padre la bondad de su perdón, y le prometí observar una conducta más sumisa y ordenada. En el fondo de mi corazón me conceptuaba vencedor, pues del modo con que las cosas se arreglaban no dudaba que se me ofrecería ocasión de escaparme de mi casa, quizás antes de que trascurriese aquella noche.
Pusímosnos a cenar; burláronse de mi conquista de Amiens y de mi fuga con aquella fiel amante. Recibí las bromas de buen grado y aun satisfecho de que me fuése permitido hablar de lo que llenaba continuamente mi pensamiento. Pero algunas palabras que se le escaparon a mi padre me hicieron aguzar el oído, con atención grandísima.
Habló de la perfidia y del servicio interesado, prestado por M. de B... Quedé turbado al oirle pronunciar aquél nombre, y le rogué humildemente me explicase lo que quería decir. Entonces, volvióse a mi hermano para preguntarle si no me había contado toda la historia. Mi hermano contestó que, encontrándome absolutamente tranquilo, no había creído necesario usar aquel remedio para curar mi locura. Noté que mi padre vacilaba entre explicarse por completo o no. Supliquéle tan insistentemente que al fin me satisfizo, o mejor dicho, me asesinó cruelmente con la más horrible de las narraciones.
Empezó por preguntarme si había caído en la necia credulidad de suponerme amado por mi querida. Contestéle audazmente que estaba seguro, y que nada podía inspirarme la menor desconfianza. «¡Ah! ¡ah! ¡ah!--exclamó echándose a reir--¡Es magnífico! Eres un pobre engañado, y me alegra verte en ese estado de espíritu! Es una verdadera lástima, mi pobre caballero, hacerte entrar en la Orden de Malta, puesto que tantas disposiciones tienes para hacer un marido cómodo y paciente». Añadió mil burlas de tal tenor, sobre lo que él llamaba mi tontería y mi credulidad.
En fin, como yo permanecía silencioso, siguió diciéndome que, según el cálculo que podía hacer del tiempo desde mi partida de Amiens, Manon me había amado doce días. «Sé--añadió--que marchaste de Amiens el 28 del mes pasado. Estamos a 29 de éste, hace once que M. de B... me escribió, y supongo que habrá necesitado ocho por lo menos para trabar conocimiento perfecto con tu querida. Así que quita once y ocho de treinta, y un día que hay desde el 28 de un mes al 29 del otro, y quedan doce, poco más o menos». Después de decir esto, volvieron a las risas.
Oía todo con tal opresión de corazón, que temía no poder resistir hasta el fin de aquella triste comedia. «Sabrás--añadió mi padre--puesto que lo ignoras, que M. de B... ha ganado el corazón de tu princesa, pues no deja de ser una burla querer convencerme de que ha querido quitártela por celo desinteresado en mi servicio. ¿Es acaso de un hombre como él, que por otra parte no me conoce siquiera, de quien hay que esperar sentimientos tan nobles? Contóle ella indudablemente que eras mi hijo y me escribió entonces el lugar de tu escondite y el desorden en que vivías, advirtiéndome que hacía falta mano de hierro para apoderarse de ti, y ofreciendo facilitarme los medios. He ahí como, gracias a sus lecciones y a las de tu misma amante, ha encontrado tu hermano manera de apoderarse de ti. ¡Y ahora felicítate de la duración de tu victoria! Hay que confesar, caballero, que sabes vencer deprisa, pero que no sabes conservar tus conquistas».
No tuve valor para seguir oyendo su discurso, cada una de cuyas palabras me taladraba el corazón. Me levanté de la mesa y no bien había dado cuatro pasos me desplomé, perdido el conocimiento. Volví en mí con rapidez gracias a eficaces auxilios. Abrí los ojos para derramar un torrente de lágrimas y los labios para proferir amargas y desgarradoras quejas. Mi padre, que siempre me amó tiernamente, empleó todo su cariño en consolarme. Escuchábale yo sin oirle. Acabé por arrojarme a sus pies y, abrazado a sus rodillas, implorar de él que me dejase volverme a París, para apuñalar a M. de B... «No--clamaba yo desesperadamente--, no ha conquistado el corazón de Manon; ha empleado la violencia; seguramente la ha reducido por un sortilegio o por un veneno o tal vez la ha forzado brutalmente. Manon me ama. ¿No había yo de saberlo? La habrá amenazado con un puñal en la mano, para obligarla a abandonarme. ¿Qué no habrá hecho para apoderarse de una amante tan encantadora? ¡Oh! ¡Dioses, dioses! ¿será posible que Manon me haya traicionado y haya dejado de amarme?».
Como seguía hablando de volverme a París, y me levantaba a cada momento con esa intención, mi padre comprendió que en el estado de excitación que me hallaba nada era capaz de detenerme. Condújome a una sala del piso alto y allí me dejó con dos criados a la vista. Mil vidas hubiese dado yo por estar solamente un cuarto de hora en París. Comprendía que habiendo dejado traslucir con tanta claridad mis intenciones, no me consentirían fácilmente salir de mi cuarto. Medí con los ojos la altura de las ventanas, y no viendo posibilidad de escapar por aquel camino, me dirigí humildemente a mis criados. Les ofrecí, con mil juramentos, hacer su fortuna si querían consentir en mi evasión. Les apremiaba, les halagaba, les amenazaba; pero aquella tentativa también fué inútil Perdí entonces toda esperanza. Decidí morir y arrojéme sobre mi lecho decidido a no dejarle sino con la vida. Así pasé toda la noche y el día siguiente. Rechacé la comida que me ofrecieron.
Mi padre vino por la tarde a verme; fué tan bueno que empleó los más tiernos consuelos en tratar de amortiguar mis penas. Me mandó que comiese, con tal autoridad que, por respeto, le obedecí. Pasaron algunos días durante los cuales lo poco que comí fué en su presencia, y por obedecerle. Seguía él por su parte, prodigándome las razones que podían traerme al buen camino y hacerme olvidar a la infiel Manon. Verdad era que ya no la estimaba: ¿cómo hubiera podido estimar a la más cambiante y pérfida de las criaturas? Pero su imagen, las encantadoras facciones que llevaba grabadas en el fondo del corazón, no se borraban fácilmente. «Moriré--decíame yo--; debo morir después de tanta vergüenza y tanto dolor. ¡Pero sufriría mil muertes sin poder olvidar a la ingrata Manon!».
Mi padre se mostraba sorprendido al verme tan gravemente herido. Conociendo, como conocía, mis ideas sobre el honor, sabía que su traición a la fuerza tenía que haberla hecho despreciable a mis ojos y acabó por creer que mi obsesión venía, más que de aquella pasión en particular, de una viva inclinación hacia el sexo femenino. Encariñóse de tal modo con aquella idea que, no consultando sino su afecto por mí, vino un día a decirme abiertamente: «Caballero, hasta ahora, como sabes, fué mi intención hacerte ostentar sobre el pecho la noble Cruz de Malta, pero veo que tu vocación no te lleva por ese camino; te gustan las mujeres bonitas; voy creyendo que lo mejor será buscar una que te agrade. Dime con franqueza qué te parece».
Le respondí que no sabía establecer diferencias entre unas mujeres y otras, y que después de lo que me había sucedido las detestaba a todas por igual. «Te buscaré una--me dijo mi padre sonriendo--que se parezca a tu Manon... y que sea más fiel.--¡Ah!, si conservas algún cariño por mí--le contesté--es ella la que has de devolverme. Está seguro, padre de mi alma, que no me ha traicionado. Es incapaz de semejante infamia. El pérfido de M. de B... es quien nos engaña a ti y a mí. Si supieses lo buena que es, lo tierna y sincera, si la conocieses acabarías por quererla.--Eres un chiquillo--replicó mi padre--. ¿Cómo puedes cegarte hasta ese punto después de lo que te he contado de ella? Es ella, ella misma, quien te entregó a tu hermano. Debes olvidar hasta su nombre y aprovechar, si eres prudente, la indulgencia que tengo contigo».
Reconocía yo harto claramente que mi padre tenía razón. Pero era un movimiento instintivo el que me hacía tomar la defensa de la infiel. «¡Verdad es, desgraciadamente--dije--, que soy víctima de la más cobarde de las perfidias!--Sí--continué, derramando lágrimas de despecho--, bien veo que no soy más que un chiquillo. Mi credulidad no debe haber costado mucho burlarla. Pero bien sé lo que tengo que hacer para vengarme». Quiso mi padre saber mis intenciones. «Iré a París, prenderé fuego a la casa del pérfido M. de B... y le quemaré vivo, con Manon». Aquel arrebato hizo reir a mi padre y no sirvió sino para hacerme guardar más severamente en mi cárcel.
Pasé en ella seis meses, durante el primero de los cuales hubo poco cambio en mi estado de ánimo. Todos mis sentimientos no eran sino una perpetua alternativa entre el odio y el amor, entre la esperanza y el desconsuelo, según la forma en que se aparecía a mi espíritu la imagen de Manon. Tan pronto no miraba en ella sino la más encantadora de las mujeres y ardía en deseos de volver a verla; tan pronto ofrecíaseme como una malvada y traidora amante y me hacía a mí mismo mil juramentos de no buscarla más que para castigarla.
Me dieron libros que sirvieron para devolver un poco de tranquilidad a mi alma. Releí todos mis autores; adquirí nuevos conocimientos; recobré afición infinita al estudio; ya veréis lo útil que me fué todo ello luego. La clarividencia que el amor me había dado me hizo orientarme en multitud de pasajes de Horacio y Virgilio, que hasta entonces hallara confusos. Hice un comentario amoroso sobre el cuarto libro de la Eneida; me propongo publicarlo y creo que el público quedará contento de él. «¡Ay!--pensaba escribiéndolo--Un corazón como el mío hubiese necesitado la fiel Dido».
Tiberio vino un día a verme en mi cárcel. Quedé asombrado del afectuoso transporte con que me abrazó. No había recibido de él, hasta entonces, otras pruebas de cariño que aquéllas que pudieran hacerme mirarle como sencilla amistad de colegio, de ésas que se forman entre muchachos que tienen próximamente la misma edad. Le encontré tan cambiado, y sobre todo tan serio después de aquellos cuatro o cinco meses transcurridos desde la última vez que le viera, que me inspiró respeto. Hablóme más como sensato consejero que como amigo. Dolióse del extravío en que me había yo precipitado; felicitóme por mi curación, que creía muy avanzada, y exhortóme, en fin, a aprovechar aquella dura lección para abrir los ojos a lo efímero de los placeres.
Mirábale yo con asombro y acabó por darse cuenta de ello. «Querido caballero--me dijo--, no te digo nada que no sea la pura verdad, y a cuyo convencimiento no haya yo llegado después de un profundo examen. Había en mí tanta inclinación como en ti a la voluptuosidad; pero el cielo me había concedido al mismo tiempo el amor a la virtud. He usado de mi razón para comparar los frutos de una y otra y no he tardado mucho en descubrir sus diferencias. La ayuda del cielo se ha unido a mis reflexiones. El mundo me inspira un desdén que nada iguala. ¿Serías capaz de adivinar lo que me detiene para correr a la soledad? Pues únicamente la tierna amistad que te profeso. Conozco la bondad de tu corazón y de tu inteligencia; no hay buena acción de que no seas capaz. El veneno del placer te ha desviado de tu camino. ¡Qué pérdida para la virtud! Tu fuga de Amiens me causó tan gran pena que no he vuelto a disfrutar desde entonces ni un momento feliz. Juzga tú mismo por los pasos que me ha hecho dar». Contóme que después de darse cuenta de que le había engañado y me había fugado con mi amante había montado a caballo para alcanzarnos, pero que llevándole cuatro horas de ventaja, le había sido imposible; que, sin embargo, había llegado a San Denis media hora después de mi partida; que seguro de que me quedaría en París había pasado seis semanas buscándome; que había frecuentado todos los lugares donde acariciaba la esperanza de poderme hallar, y que, por fin, un día, en el teatro, había reconocido a mi amante, que iba vestida con tal lujo, que supuso debía su fortuna a un nuevo amante; que la había seguido hasta su casa, y allí había sabido por un criado que estaba mantenida por la liberalidad de M. de B... «No me detuve ahí--prosiguió--. Volví al día siguiente para que ella misma me dijese qué era de ti. Al oirme nombrarte, desapareció bruscamente y hube de venirme a provincias sin más aclaración. He sabido tu aventura y la consternación profunda en que te ha sumido; pero no he querido verte sin asegurarme de que te hallabas ya más tranquilo».
--Has visto a Manon--exclamé con un suspiro--. «Más feliz has sido, ¡ay de mí!, que yo, condenado a no volverla a ver». Reprochóme aquel suspiro que indicaba aún en mí una debilidad por ella. Luego halagóme con tanta maña comentando la bondad de mi carácter y mis inclinaciones, que hizo nacer en mí desde aquella primera visita un afán de renunciar como él a todos los placeres del siglo para abrazar el estado eclesiástico.
Tanto me agradaba la idea que en cuanto me vi solo no pensé en otra cosa. Recordé los sermones del señor obispo de Amiens que me había aconsejado lo mismo, y los augurios felices que había hecho en mi favor si llegaba a tomar aquel partido. La piedad mezclóse también en mis determinaciones. «Llevaré una vida tranquila y cristiana--decíame a mí mismo--. Me ocuparé del estudio y de mis deberes religiosos que no me dejarán pensar en los peligrosos devaneos del amor. Despreciaré lo que la mayoría de los hombres admiran. Y como estaré seguro de que mi corazón no deseará sino aquello que estime, tendré tan pocas inquietudes como deseos».
Construía sobre esa base un plan de vida tan tranquila como solitaria. Hacía entrar en ella una casa de campo apartada en un bosquecillo, un fresco arroyuelo y un pequeño jardín; una biblioteca de libros escogidos, algunos amigos virtuosos y de buen juicio, una mesa limpia y frugal. Unía a esto un cambio de correspondencia con un amigo que viviría en París y me informaría de los sucesos acaecidos, menos por satisfacer mi curiosidad que por distraerme en la contemplación de las locas agitaciones de los hombres. «¿No sería feliz así?--añadía yo--¿No estarían satisfechos todos mis deseos?». Es indudable que aquel proyecto halagaba mis inclinaciones. Pero, para remate de tan sensato plan, sentía yo que mi corazón aguardaba aún algo, y que, para no tener nada que desear en la más deliciosa soledad, era preciso... estar con Manon.
Sin embargo, Tiberio seguía prodigándome sus visitas para fortalecerme en la determinación que me había inspirado y aproveché la ocasión para insinuarme con mi padre. Declaróme éste que dejaba a sus hijos la libertad de escoger el camino que les fuése más grato, y que sólo se reservaba el derecho de ayudarlos con sus consejos. Diómelos muy sensatos, tendiendo, menos a hacerme renunciar a mi proyecto, que a hacérmelo abrazar con conciencia de lo que hacía.
El comienzo del curso escolar se aproximaba. Convine con Tiberio en ingresar juntos en el seminario de San Sulpicio; él para acabar sus estudios de Teología, yo para empezar los míos. Su mérito, que era harto conocido del obispo de la diócesis, le hizo obtener de aquel prelado un beneficio de bastante consideración antes de su marcha.
Mi padre, creyéndome curado del todo de mi pasión, no puso dificultad ninguna en dejarme marchar. Llegamos a París. El traje eclesiástico sustituyó a la Cruz de Malta, y al título de caballero el de abate Des Grieux. Me apliqué al estudio con tal aplicación, que hice grandes progresos en pocos meses. No perdía ni un momento del día y aun empleaba parte de la noche. Mi reputación se hizo tan notoria que me felicitaban ya por las dignidades que no podía menos de obtener; y, sin haberlo solicitado yo, mi nombre fué escrito en la lista de los beneficios. No menos fervoroso me mostraba en las prácticas religiosas, a las que era asiduo. Tiberio estaba encantado de lo que miraba como obra suya y en varias ocasiones vertió lágrimas de emoción ante lo que llamaba mi conversión.