NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
"Los desposados" es la traducción al castellano de la obra de Alejandro Manzoni, que en su versión original en italiano lleva el título de "I promessi sposi".
En otras versiones en castellano el título que se le ha dado es "Los novios". El transcriptor estima que "Los novios" está más acorde con el título original y el tenor de la obra.
En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con guiones bajos.
El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.
En referencia a lo mencionado en el párrafo precedente, cabe destacar que palabras como vió, fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha sido respetado.
En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está en mayúsculas.
La cubierta del libro fue modificada por el transciptor y se ha agregado al dominio público.
Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.
El Índice de capítulos, ha sido elaborado por el transcriptor.
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LOS DESPOSADOS
TOMO SEGUNDO
LOS
DESPOSADOS
HISTORIA MILANESA DEL SIGLO XVII
POR ALEJANDRO MANZONI
TRADUCIDA DEL ITALIANO
[Ilustración]
MÉXICO
IMP. DE. ANDRADE Y ESCALANTE
Calle de Cadena número 13
1858
ÍNDICE
Pág.
CAPÍTULO PRIMERO 5
CAPÍTULO SEGUNDO 30
CAPÍTULO TERCERO 55
CAPÍTULO CUARTO 81
CAPÍTULO QUINTO 102
CAPÍTULO SEXTO 134
CAPÍTULO SÉPTIMO 178
CAPÍTULO OCTAVO 202
CAPÍTULO NOVENO 238
CAPÍTULO DÉCIMO 255
CAPÍTULO DECIMOPRIMERO 292
CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO 318
CAPÍTULO DECIMOTERCERO 339
CAPÍTULO DECIMOCUARTO 359
CAPÍTULO DECIMOQUINTO 386
CAPÍTULO DECIMOSEXTO 422
CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO 458
CAPÍTULO DECIMOCTAVO 481
CAPÍTULO DECIMONOVENO 514
CAPÍTULO VIGÉSIMO 537
CAPÍTULO PRIMERO
El que viendo en un campo mal cultivado una yerba silvestre, por ejemplo, una bella planta de paciencia, quisiera saber con certeza si ésta se encontraba en aquel sitio por medio de una semilla germinada en el mismo campo, ó llevada por el viento, ó dejada caer por algún pájaro; por más que pensase, no llegaría jamás á sacar nada en conclusión: del mismo modo no sabremos decir si salió naturalmente del caletre del conde la resolución de servirse del padre provincial para cortar aquel nudo gordiano, ó si le fué sugerida por Attilio. Ciertamente que éste no había soltado aquellas palabras al acaso: y aunque debiera esperarse que á una insinuación tan directa, el amor propio del conde se sublevara, quiso, sin embargo, á toda costa, presentarle la idea de aquel expediente, y meterle en el camino por donde era preciso que andara. Además, dicho expediente era tan adaptado al genio del viejo conde, de tal modo indicado por las circunstancias, que se hubiera podido apostar que lo habría imaginado por sí solo sin necesitar sugestiones de nadie. Se trataba que en una guerra, sin embargo, demasiado abierta, uno que llevaba su nombre, un sobrino suyo, no quedase debajo; punto esencialísimo á la reputación del poder que tanto llenaba su corazón. La satisfacción que el sobrino podía tomar por sí solo, hubiera sido un remedio peor que la enfermedad, un manantial de disgustos, siendo preciso impedirla de cualquier modo que fuese, y sin pérdida de tiempo. Ordenarle que partiera en el mismo instante de su palacio, ya no sería obedecido; y aunque lo fuese, era ceder el campo, una retirada de la casa ante un convento. Órdenes, fuerza legal, y todos los espantajos de este género, no valían contra un adversario de aquella condición. El clero regular y secular se había hecho enteramente inmune de toda jurisdicción legal, extendiéndose dicha inmunidad no sólo á sus personas, sino también á los lugares que habitaban, según deben saber aun los que no hayan leído más historia que la nuestra, pues de lo contrario estaríamos frescos. Todo lo que podía hacerse contra tal adversario, era buscar el medio de alejarlo, lo cual sólo podía lograrse por el padre provincial.
Ahora bien: entre el conde y dicho padre provincial mediaba un conocimiento muy antiguo: se veían de tarde en tarde, pero siempre con grandes demostraciones de amistad, y con reiteradas ofertas de servirse mutuamente. Á veces es mejor tratar con uno que tenga muchos individuos á sus órdenes, que no con uno solo de éstos, el cual no ve más que su negocio, no siente más que su pasión, ni se cuida más que de su pundonor, mientras que el otro descubre en un momento cien relaciones, cien consecuencias, cien intereses, cien cosas que evitar, otras ciento que salvar; y así se le puede coger por cien partes.
Todo bien pesado, el conde invitó cierto día á comer al padre provincial, y le hizo encontrarse en medio de una tanda de convidados, elegidos con el tacto más exquisito. Veíanse allí algunos parientes de la más encopetada grandeza, cuyo solo nombre era un gran título; y que por su ademán, por cierta resolución, por cierto desdén caballeresco, al hablar de grandes cosas con términos familiares, lograban, aunque sin querer, imprimir y recordar á cada momento, la idea de la superioridad y del poder. Hallábanse también allí algunos clientes adheridos á la casa por una dependencia hereditaria, y al personaje por una servidumbre de toda la vida; los cuales, empezando desde la menestra á decir sí con la boca, con los ojos, con los oídos, con toda la cabeza, con todo el cuerpo, y con toda el alma, á los postres os habían puesto á un hombre en estado de no acordarse cómo se hacía para decir no.
En la mesa, el conde hizo recaer bien pronto la conversación sobre su tema favorito; esto es, el hablar de Madrid. Á Roma se va por muchos caminos; él iba por todos á Madrid. Habló de la corte, del conde-duque, de los ministros, de la familia del gobernador, de las corridas de toros que él podía describir perfectamente, porque había tenido el gusto de presenciarlas desde un sitio distinguido; del Escorial, del que podía dar cuenta muy exacta, porque un criado del conde-duque le había conducido por todos los rincones. Por espacio de algún tiempo, toda la reunión estuvo como un auditorio, atenta á él solo; después se dividió en coloquios particulares, y él entonces prosiguió refiriendo otras muchas cosas curiosas, como en confianza, al padre provincial que estaba á su lado, y que le dejó decir, decir, y más decir. Pero de pronto, dió otro giro á la conversación, la separó de Madrid; y de corte en corte, de dignidad en dignidad, la hizo caer sobre el cardenal Barberini, que era capuchino y hermano del papa que ocupaba entonces la silla apostólica, Urbano VIII nada menos. El conde se vió precisado á dejar hablar un poco á los demás, á ponerse á escuchar, y recordar por último, que en este mundo no era el solo personaje que lo hacía. Poco después de levantados de la mesa, rogó al padre provincial que pasase con él á otra estancia.
Dos potestades, dos ancianidades, dos experiencias consumadas, se hallaban frente á frente. El magnífico señor hizo sentar al muy reverendo padre, después de lo cual tomó él también asiento, y empezó á hablar en estos términos: “Convencido de la amistad que existe entre nosotros, he creído poder hablar á vuestra paternidad acerca de un negocio de interés común, y que debe concluirse aquí para entre nosotros, sin ir por otros caminos que podían... Y por tanto, buenamente, con el corazón en la mano, os diré de lo que se trata; y en dos palabras, estoy cierto, que nos pondremos de acuerdo. Decidme, ¿en vuestro convento de Pescarenico hay un tal padre Cristóbal de ***?”.
El provincial hizo un signo afirmativo.
--Suplico á vuestra paternidad me diga francamente, en buena amistad... ese sujeto... ese padre... yo no lo conozco personalmente; siendo así, que de padres capuchinos conozco muchos, celosos, prudentes, humildes, varones, en fin, que valen más oro de lo que pesan: he sido amigo de la orden desde mi infancia... pero en todas las familias un poco numerosas... hay siempre algún individuo, alguna cabeza... Y sé por ciertas noticias, que ese padre Cristóbal es un hombre... afecto á las querellas... que no tiene toda aquella prudencia, todos aquellos miramientos... Apostaría á que ha debido más de una vez dar qué pensar á vuestra paternidad.
--Entiendo; es un empeño, pensaba entretanto el provincial; yo tengo la culpa: bien sabía yo que á ese buen padre Cristóbal era preciso hacerle correr de púlpito en púlpito, y no dejarle descansar seis meses en un mismo lugar, especialmente en los conventos de la campiña.
--¡Oh!, dijo luego; siento de veras que vuestra magnificencia tenga en mal concepto al padre Cristóbal; siendo así que es un religioso que observa una conducta ejemplar en el convento, y al mismo tiempo tenido en mucha estima fuera de él.
--Entiendo perfectamente; vuestra paternidad debe... pero, sin embargo, yo quiero, como amigo sincero, advertiros de una cosa que conviene que sepáis; y si una vez informado de ella, puedo, sin faltar á mis deberes, haceros ver ciertos resultados... posibles; no digo más. Sabemos que dicho padre Cristóbal había tomado bajo su protección á un hombre de aquel pueblo, á un hombre... vuestra paternidad debe haber oído hablar de él; es el que se escapó con tanto escándalo de las manos de la justicia, después de haber hecho en el terrible día de S. Martín, las cosas... las cosas... En fin, llámase Lorenzo Tramaglino.
“¡Ah, ya!”, pensó el provincial, y dijo: “Esta particularidad es nueva para mí; pero vuestra magnificencia sabe bien, que una parte de nuestro ministerio es justamente ir en busca de escarriados para reducirlos...”.
--Muy bien; ¡pero proteger á los escarriados de cierta especie!... son cosas espinosas, negocios demasiado delicados... Y aquí, en lugar de inflar los carrillos y soplar, apretó los dientes y aspiró tanto aire, cuanto tenía costumbre de arrojar soplando; después de lo cual continuó: “He creído necesario daros este aviso, porque si alguna vez su excelencia... Podría haberse escrito algo á Roma... no sé nada... y de Roma venirle...”.
--Agradezco muchísimo dicho aviso á vuestra magnificencia; pero estoy cierto que si se tomaran informes sobre este asunto, resultara que el padre Cristóbal no habrá tenido relaciones con el hombre de que se trata, más que con el objeto de hacerle entrar en razón: conozco demasiado al padre Cristóbal.
--Vuestra paternidad sabe mejor que yo lo que él ha sido en el siglo, las travesuras que ha hecho en su juventud...
--Tal es la gloria de nuestro hábito, señor conde, que un hombre que en el siglo ha hecho que hablen mucho de él, con este traje llega á transformarse enteramente; y desde que el padre Cristóbal lleva este hábito...
--Quisiera creerlo: lo digo de todo corazón, mas á veces como dice el proverbio... el hábito no hace al monje.
El refrán no venía aquí á propósito; pero el conde lo había sustituido apresuradamente á otro que tenía en la punta de lengua: el lobo cambia el pelo, pero no sus malas mañas.
--Tengo indicios, proseguía, averiguaciones...
--Si vuestra magnificencia sabe positivamente que el expresado religioso ha cometido alguna falta (todos estamos sujetos á errar), me dispensaréis un verdadero favor, informándome de ello. Soy un superior, indigno sin duda; pero lo soy precisamente para corregir, para remediar...
--Os diré: junto con esta circunstancia enojosa de la protección abierta del padre para con el consabido, hay otra cosa muy desagradable, y que podría... Pero, entre nosotros, lo arreglaremos todo de una vez. El caso es, como iba diciendo, que el mismo padre Cristóbal se ha puesto á luchar con mi sobrino D. Rodrigo.
--¡Oh!, esto me desagrada, me desagrada; me desagrada formalmente.
--Mi sobrino es joven, vivo, recuerda lo que es, y se resiente; además, como no tiene costumbre de verse provocado...
--Será un deber mío el tomar buenos informes acerca de semejante hecho. Según he dicho ya á vuestra magnificencia, y hablo con un señor que es tan justo como experimentado en las cosas del mundo, todos somos de carne, sujetos á errar... tanto de un lado como de otro; y si el padre Cristóbal ha faltado...
--Pero, es preciso que vuestra paternidad advierta, que éstas son cosas, que deben terminarse entre nosotros, sepultarse aquí; cosas que mientras más se remueven... es peor. Vuestra paternidad sabe muy bien lo que sucede: estos piques, estas querellas empiezan con frecuencia por una bagatela y avanzan, avanzan... Si se quiere encontrar el fondo, no llega á conseguirse, ó bien nacen otros cien mil obstáculos. Apagar, cortar el negocio, reverendo padre; apagarlo, cortarlo; he aquí lo que es preciso. Mi sobrino es joven; el religioso, por lo que he podido comprender, tiene todavía todo el espíritu é inclinaciones de un joven también; y á nosotros toca, que tenemos ya nuestros años... acaso demasiados; ¿no es cierto, reverendísimo padre?
El que hubiese estado contemplando aquella escena, habría podido compararla á lo que sucede en medio de una ópera seria, cuando se levanta, por equivocación, un telón antes de tiempo, y se ve un cantante que no pensando en aquel momento que exista público en el mundo, conversa mano á mano con un compañero suyo. El semblante, el ademán, la voz del conde, al decir las palabras acaso demasiados, todo fué natural; allí no había política; era indudablemente cierto que le causaba fastidio el tener tantos años. No lamentaba los pasatiempos, y bríos, la gentileza de la juventud: ¡frivolidades, tonterías, miserias! El motivo de su disgusto era grave é importante; era que esperaba cierto puesto muy elevado, cuando estuviera vacante, y temía no llegar á tiempo. Luego de haberlo obtenido, se podía estar cierto de que no le hubieran dado mucho cuidado los años; no habría deseado otra cosa, muriendo contento, como aquellos que, ansiando mucho una cosa, aseguran querer hacer algo, cuando la han obtenido.
Mas dejemos hablar al conde,--Á nosotros toca, continuó, el tener juicio por los jóvenes, y reparar sus calaveradas. Por fortuna, aún estamos á tiempo; ello no ha metido mucho ruido, y todavía nos hallamos en el caso de un principiis obsta. Conviene alejar el fuego de la paja. Á veces una persona que en un paraje se conduce mal, ó que pudo ser causa de algún desorden, se porta en otro maravillosamente. Vuestra paternidad sabrá hallar muy bien el nicho conveniente para ese religioso. Además, puede militar otra circunstancia; esto es, quizá se haya hecho sospechoso á alguno del cual él desee alejarse: por lo tanto, colocándolo en un paraje un poco apartado, no hace más que un viaje, y prestamos dos servicios; todo se arregla por sí mismo, ó por mejor decir, no hay ningún compromiso.
El padre provincial aguardaba esta conclusión desde el principio del discurso del conde.
“¡Ah, ya!”, pensaba interiormente, veo adónde quiere ir á parar; siempre sucede lo mismo: cuando un pobre fraile se disgusta con vosotros, ó con uno de los vuestros, ú os causa la más pequeña sombra, el superior debe hacerle tomar prontamente las de Villadiego, sin tratar de inquirir si hay ó no razón para ello.
Cuando el conde hubo concluido, exhaló un suspiro, lo cual equivalía á una firme resolución: “Comprendo perfectamente, contestó el padre provincial, lo que el señor conde quiere decir; mas antes de dar un paso...”.
--Es un paso y no lo es, reverendísimo padre; es una cosa natural, ordinaria; que si no se pone un pronto y eficaz remedio, preveo una multitud de desórdenes, una ilíada de desgracias. Un disparate... no creeré que mi sobrino... yo estoy aquí para impedirlo... Mas al punto á que ha llegado el negocio, si entre ambos no le damos un corte bueno, sin pérdida de tiempo, no es posible detenerle, que permanezca en secreto... y entonces no será tan solo mi sobrino... Nosotros seremos los que irritemos el avispero, muy reverendo padre. Vos mismo lo veis; pertenecemos á una gran casa, estamos enlazados con familias...
--Ilustres.
--Ya me entendéis: toda gente que tiene sangre en las venas, y que en este mundo... valen alguna cosa. Se resiente el pundonor, llega á hacerse un asunto común; y entonces... aun el que es amigo de la paz... ¡Sería un verdadero quebranto para mí, de tener... de encontrarme... yo que siempre he profesado una tan grande inclinación á los padres capuchinos! Vuestros padres para hacer bien, como lo hacen con tanta edificación de las gentes, necesitan tranquilidad, no tener contiendas, estar en buena armonía con los que... y además, tienen parientes en el siglo... y estos asuntillos de pundonor, por poco que duren, se extienden, se ramifican, y hacen entrar á... medio mundo. Yo tengo este dichoso cargo, que me obliga á sostener un cierto decoro... su excelencia... mis señores colegas... todo viene á hacerse como asunto de corporación... sobre todo con aquella otra circunstancia... Vos ya sabéis cómo van esta especie de cosas.
--Es cierto, dijo el provincial, que el padre Cristóbal es predicador, y tenía ya algún pensamiento... Justamente se me ha pedido... Pero en este momento, en tales circunstancias, podría parecer un castigo; y un castigo antes de haber puesto bien en claro...
--No, castigo no; una precaución prudente, un remedio de conveniencia común, para impedir las desgracias que podrían... Vamos, me he explicado lo bastante.
--Entre el señor conde y yo, la cosa no pasa de ahí; lo comprendo: pero siendo el hecho del modo que se ha referido á vuestra magnificencia, es imposible, á mi parecer, que no se haya traslucido algo en el país. Por todas partes existen gentes que atizan las discordias, que incitan al mal, ó á lo menos malignos ociosos que tienen un exquisito gusto en ver á los señores y á los religiosos en las prisiones; y olfatean, interpretan á su gusto, charlan... Cada uno tiene que conservar su decoro; y además yo, como superior (indigno sin duda), tengo un deber expreso... El honor del hábito... no es cosa mía... es un depósito del cual... Puesto que vuestro señor sobrino está tan alterado, como dice vuestra magnificencia, podría tomar la cosa como una satisfacción que se le da y... no digo vanagloriarse, triunfar, sino...
--¿Os chanceáis, reverendo padre? Mi sobrino es un caballero que está considerado en el mundo... según su rango, y como es debido; pero comparado conmigo es un niño, que no hará más ni menos de lo que yo le prescriba. Os diré más; mi sobrino nada sabrá. ¿Qué necesidad tenemos de darle cuentas? Éstas son cosas que hacemos aquí para entre nos, como buenos amigos, y que de nosotros no han de pasar. Esto no os debe causar inquietud alguna. Ya comprenderéis que debo estar acostumbrado á callar. Después de pronunciadas las anteriores palabras, dió su acostumbrado soplo y continuó: “Tocante á los charlatanes, ¿qué queréis que digan? ¡Un religioso que va á predicar á otro país, es una cosa muy natural! Y después, nosotros que vemos... que tenemos previsión... que nos corresponde... no debemos hacer caso de semejantes habladurías”.
--Sin embargo, con el objeto de prevenirlas, sería bueno que en esta ocasión, su señor sobrino hiciese una manifestación, diese alguna señal visible de amistad, de deferencia, no por nosotros, sino por el hábito.
--Seguramente, seguramente; es muy justo... pero no hay necesidad: sé que los capuchinos son siempre acogidos por mi sobrino como deben serlo: lo hace por inclinación; es un instinto de familia; y después sabe que así me complace. Por lo demás, en este caso... alguna cosa de extraordinario... es muy justo. Dejadme hacer, reverendísimo padre, mandaré á mi sobrino... es decir, será preciso insinuárselo con prudencia, á fin de que no trasluzca nada de lo que ha pasado entre nosotros, pues no quisiera que pusiéramos emplasto donde no hay herida. Con respecto á lo que hemos convenido, cuanto más pronto se haga, será mejor; y si se encontrase un nicho un poco lejos... para quitar toda ocasión...
--Precisamente me piden un predicador para Rímini, y quizás aun, sin otro motivo, hubiera dispuesto...
--Muy á propósito. ¿Y cuándo?...
--Ya que la cosa debe hacerse, se hará pronto.
--En seguida, en seguida, reverendísimo padre, mejor hoy que mañana. Y levantándose prosiguió: Si algo puedo hacer, tanto yo como mi familia, en favor de nuestros padres capuchinos...
--Sabemos por experiencia la bondad de la casa, dijo el padre provincial, levantándose también y encaminándose hacia la puerta detrás de su vencedor.
--Hemos apagado una chispa, dijo éste andando lentamente; una chispa, muy reverendo padre, que podía haber producido un grande incendio. Entre buenos amigos, en dos palabras se arreglan grandes cosas.
Habiendo llegado á la puerta, la abrió y quiso de todos modos que el padre provincial pasase el primero; luego entraron en la otra estancia, en donde se reunieron con los demás.
Aquel señor ponía un grande estadio, un gran arte y grandes palabras en manejar un negocio; mas después obtenía también los efectos correspondientes. Vamos al hecho: con la conversación que hemos referido, logró hacer ir á Fr. Cristóbal á pie desde Pescarenico á Rímini, que es una bella caminata.
Una tarde, un capuchino de Milán, llega á Pescarenico con un pliego para el padre guardián. Dicho pliego contiene la orden para que Fr. Cristóbal se trasladase á Rímini, con el objeto de predicar la Cuaresma. La carta dirigida al guardián trae las instrucciones para insinuar al consabido fraile que deponga toda idea de negocios que pueda tener entablados en el país del cual debe partir, y que no mantenga correspondencia de ninguna clase; el portador de la expresada carta debe ser su compañero de viaje. El guardián nada dice aquella tarde; pero á la mañana siguiente manda llamar á Fr. Cristóbal, le enseña la orden, le dice que vaya á buscar las alforjas, el bastón, el sudario y el cíngulo, y con aquel padre compañero que le presenta se ponga inmediatamente en camino.
Dejo á la penetración de mis lectores pensar el terrible golpe que sería éste para nuestro buen fraile. Renzo, Lucía, Inés, se presentaron súbitamente á su memoria, y exclamó, por decirlo así, en su interior: “¡Qué será de esos desventurados, no estando yo aquí, Dios mío!” Mas después alzó los ojos al cielo, se acusó de que le hubiese faltado la confianza y de haberse creído necesario para algo. Puso las manos en cruz sobre el pecho, en señal de obediencia; inclinó su cabeza ante el padre guardián, el cual lo llamó aparte y le dió aquel otro aviso como con palabras de consejo y como con significación de precepto. Fr. Cristóbal se encaminó á su celda, cogió la alforja, colocó en ella su breviario, su colección de sermones de cuaresma y el pan del perdón; apretó el cordón á su cintura, se despidió de todos sus hermanos; fué por último á recibir la bendición del guardián, y tomó en seguida, con su compañero, el camino que le había sido prescrito.
Hemos dicho que D. Rodrigo, obstinado más que nunca en llevar á cabo su infame empresa, había resuelto buscar la asistencia de un hombre terrible. De éste no podemos decir ni el nombre, ni el apellido, ni un título, y ni siquiera una conjetura sobre nada de todo esto, cosa tanto más extraña, cuanto que de dicho personaje encontramos memoria en más de un libro (de libros impresos digo) de aquella época. La identidad de los hechos no permite dudar que el personaje en cuestión, no sea el mismo; pero vese por todas partes un gran cuidado en evitar el trazar el nombre, como si éste hubiese de abrasar la pluma y la mano del escritor. Francisco Rivola, en la vida del cardenal Federico Borromeo, al hablar del expresado individuo, dice que es “un señor tan poderoso por sus riquezas, como noble por su nacimiento”, sin más. José Ripamonti, que en el libro 5.º, década 5.ª, de su Storia Patria, hace de él más larga mención, lo nombra uno, éste, aquél, este hombre, aquel personaje. Referiré, dice en su elegante latín, del cual traducimos este fragmento del mejor modo posible, la aventura de un hombre que, ocupando el primer lugar entre los grandes de la ciudad, había establecido su morada en un despoblado, situado en los confines del territorio; y en dicho paraje, asegurándose la impunidad á fuerza de crímenes, nada le importaban las sentencias, los jueces, la magistratura entera, ni la soberanía. Llevaba una vida en todo y por todo independiente; daba asilo á los frígidos, habiéndolo él sido también, después absuelto de la sentencia que había pesado sobre él, como si nada hubiese... Tomaremos de este escritor algún otro pasaje que venga á propósito para confirmar y esclarecer la relación del autor de nuestro anónimo, con el cual seguimos adelante.
Hacer lo que estaba prohibido por las leyes, ó impedido por una fuerza cualquiera; ser el árbitro, el único dueño en los negocios de los demás, sin otro interés más que el gusto de mandar; ser temido de todos, aun de los que se hacían temer de otros; tales habían sido en todo tiempo las pasiones del expresado individuo. Desde su adolescencia, al espectáculo y al rumor de tan poderosas hazañas, de tantas exacciones, á la vista de tantos tiranos, experimentaba un sentimiento mezclado de cólera y de envidia impaciente. Joven, y viviendo en la ciudad, no desperdiciaba ocasión alguna; así, iba en busca de armar contiendas con los más famosos espadachines de profesión, se les atravesaba en su camino, les hacía reconocer su superioridad por medio de pruebas convincentes, ó les obligaba á que buscasen su amistad. Superior á la mayor parte en riquezas y en servidores adictos, y quizá á todos en nacimiento y en audacia, redujo á muchos á renunciar á toda rivalidad, escarmentó á otros, y se captó la amistad de los restantes; pero no la amistad que existe entre personas iguales en categoría, sino una amistad como á él le agradaba; es decir, amigos subordinados que se reconociesen sus inferiores, y que le diesen siempre la preferencia. Sin embargo, en el hecho, era con frecuencia el paladín, el instrumento de todos ellos, los cuales no dejaban nunca de reclamar en sus apuros el socorro de tan poderoso auxiliar: para él, retroceder un momento, hubiera sido decaer de su reputación, faltar á su deber. De manera, que por cuenta suya y por la de otros, hizo tantas, que ni su nombre, ni sus parientes, ni sus amigos, ni su audacia, pudieron sostenerle contra los bandos públicos y contra tantas animosidades poderosas, viéndose obligado á salir del territorio. Creo que se refiere á esta circunstancia un hecho notable relatado por Ripamonti: “Una vez que éste tuvo que abandonar el país, el secreto, la timidez, el respeto que usó fueron los siguientes: atravesó la ciudad á caballo, con una numerosa jauría; á son de trompetas, y pasando por delante del palacio de la corte, dejó á la guardia una embajada de insultos para el gobernador”.
Durante su ausencia, no renunció á sus manejos, ni interrumpió las relaciones con sus amigos, que permanecieron unidos con él, para traducir literalmente á Ripamonti, en una liga oculta de consejos terribles y de cosas funestas. Parece también que entonces contrajo con personas muy elevadas, ciertas nuevas y terribles relaciones, de las cuales el historiador mencionado habla con una brevedad misteriosa. Príncipes extranjeros, dice, se valieron más de una vez de él para algunos crímenes importantes, y al mismo tiempo le hubieron de enviar desde muy lejos refuerzos de gentes que sirviesen bajo sus órdenes.
Finalmente (no se sabe después de cuánto tiempo), ora que se hubiese anulado el citado bando por alguna poderosa intercesión, ora que la audacia de aquel hombre le sirviese como de inmunidad, lo cierto es que resolvió volverse á su país, y en efecto volvió; no sin embargo á Milán, sino á un castillo confinando con el territorio de Bérgamo, que entonces pertenecía á los estados venecianos. Aquella casa, dice aún Ripamonti, era una especie de oficina de mandatos sanguinarios: veíanse servidores cuyas cabezas estaban puestas á precio, que tenían el oficio de cortar también cabezas; ni el cocinero, ni aun el mismo marmitón, estaban dispensados del asesinato; hasta las manos de los niños se veían ensangrentadas. Además de esta bella familia doméstica, había, según afirma el mismo historiador, otra de individuos de igual calaña, dispersos y apostados en varios lugares de los dos estados, en cuyos confines vivía aquél, dispuestos siempre á sus órdenes.
Todos los tiranos, en un vasto radio, habían sido obligados, quienes en una ocasión, quienes en otra, á elegir entre la amistad y la enemistad de aquel tirano extraordinario. Pero á los primeros que habían querido tratar de resistirle les fué tan mal, que nadie más desde entonces quiso hacer semejante prueba. No obstante de permanecer uno agazapado en su concha, como suele decirse, sin meterse con él, no podía conservar su independencia: le enviaba un mensajero con la orden de que abandonase tal empresa; que se abstuviese de molestar á tal deudor, ú otras cosas semejantes: se necesitaba responder sí ó no. Cuando una parte, rindiéndole vasallaje, había ido á poner bajo su decisión un negocio cualquiera, la otra se hallaba en la dura alternativa de conformarse con su sentencia, ó declararse su enemigo; lo cual equivalía á ser, como se decía en otro tiempo, tísico en tercer grado. Muchos, teniendo culpa, acudían á él para tener razón; otros muchos, teniendo razón, recurrían también para ganarse así su alto patrocinio y cerrar las avenidas á sus adversarios: los unos y los otros venían á ser más especialmente sus dependientes. Sucedió alguna vez que un débil oprimido, vejado por un poderoso, se dirigió á él; y éste, tomando el partido del débil, forzó á dicho poderoso á cesar en sus vejaciones, á reparar el daño causado, á pedir perdón: si éste se mantenía firme, se encarnizaba tanto con él, que le obligaba á alejarse de los lugares que había tiranizado, ó le hacía pagar una más pronta y más terrible pena. En estos casos, aquel nombre tan temido y odiado, era bendecido por un momento; porque en aquellos desgraciados tiempos no se hubiera podido esperar de ninguna otra fuerza pública ni privada, no diré semejante justicia, sino ningún remedio, la más pequeña compensación. Él había sido, y era casi siempre, el ministro, el instrumento de voluntades inicuas, de venganzas atroces, de infames caprichos; pero los diversos usos que hacía de su fuerza producían siempre el mismo efecto, esto es, imprimir en los ánimos una grande idea de todo lo que podía querer y ejecutar en desprecio de lo justo é injusto, dos cosas que acarrean tantos obstáculos á la voluntad de los hombres y los hacen con frecuencia retroceder.
La fama de los tiranos comunes permanecía encerrada en aquel pequeño espacio de país, en donde eran los más ricos y los más fuertes. Cada distrito tenía los suyos; y se asemejaban tanto, que no había razón para que la gente se ocupara de aquéllos, cuya tiranía no experimentaba. Pero el renombre del personaje de que estamos hablando se había esparcido hacía ya mucho tiempo por el milanesado entero: por todas partes, su vida era el objeto de narraciones populares, y su nombre significaba algo de irresistible, de extraño, de fabuloso. La sospecha que todos tenían de sus colegas y sicarios, contribuía, igualmente, á mantener siempre viva su memoria. Esto no eran más que sospechas; porque, ¿quién hubiera confesado abiertamente semejante dependencia? Pero cada tirano podía ser su aliado, cada tunante uno de los suyos, y la incertidumbre misma hacía más vasta la opinión y más profundo el terror de la cosa. Cada vez que en alguna parte se veían aparecer figuras de bravos desconocidas y más malas que de costumbre; á cada hecho enorme del cual no se supiese desde un principio indicar ó adivinar el autor, se profería, se murmuraba el nombre de aquel que nosotros, gracias á la bendita (por no decir otra cosa) circunspección de nuestros escritores, nos veremos precisados á llamarle el incógnito.
Del castillo de éste al de D. Rodrigo, no había más que siete millas; y este último, apenas llegado á ser tirano y dueño, había debido ver que á tan poca distancia de semejante personaje no era posible ejercer aquel oficio sin venir á las manos, ó vivir en buena armonía con él. Éste era el motivo por el cual se le había ofrecido, llegando á ser su amigo, como todos los demás, se entiende; le había prestado más de un servicio (el manuscrito no dice otra cosa), habiéndole correspondido con promesas de auxilio y reciprocidad en cualquiera ocasión. Ponía, sin embargo, mucho cuidado, en ocultar semejante amistad, ó á lo menos no dejar traslucir los grados de que constaba, y de qué naturaleza era. D. Rodrigo quería, sí, hacerse el tirano, mas no el tirano desenfrenado: la profesión era para él un medio, no un fin; quería permanecer libremente en la ciudad, gozar de las ventajas, de los placeres, de los honores de la vida civil; y para esto tenía que usar ciertos miramientos, guardar atenciones á los parientes, cultivar la amistad de personas de categoría, tener una mano sobre la balanza de la justicia, para en caso necesario hacerla inclinar hacia su lado, ó detenerla, ú obligarla á caer en ciertas ocasiones sobre la cabeza de alguno, por cuyo medio podía alcanzarlo con más facilidad que con las armas de la violencia privada. En las circunstancias presentes, la intimidad, ó mejor diremos, una liga con un hombre de aquella especie, con un enemigo declarado de la fuerza pública, seguramente no le hubiera servido de nada, principalmente cerca del conde su tío. Pero aquel poco de amistad que no era posible ocultar, podía pasar por un deber indispensable hacia un hombre cuya enemistad era demasiado peligrosa, y de este modo se escudaba en la necesidad; porque el que tiene que proveer á la seguridad general, y carece de voluntad, ó no encuentra el medio, acaba por consentir que los demás atiendan por sí, hasta cierto punto, á sus negocios; y si expresamente no consiente, cierra á lo menos los ojos.
Una mañana D. Rodrigo salió á caballo, en traje de caza, con una pequeña escolta de bravos á pie; el Griso iba al estribo, y otros cuatro detrás; aquél tomó la dirección del castillo del Incógnito.
CAPÍTULO SEGUNDO
El castillo del Incógnito estaba situado en la parte más elevada de un valle angosto y sombrío, sobre la cima de un pico que nace de una áspera cordillera de montes, no pudiendo al primer golpe de vista afirmarse con seguridad si estaba unido ó separado á ella por la inmensa mole de rocas, cavernas y precipicios que lo circuyen por todos lados. El que mira al valle, es el sólo practicable; forma una pendiente bastante rápida, pero igual y continua; vénse en la cumbre varios prados; en la falda campos cultivados, sembrados en algunos parajes de habitaciones. En el fondo aparece un lecho de guijarros, por donde se desliza, según la estación, un cristalino arroyuelo, ó se precipita un anchuroso torrente que entonces servía de límite á ambos territorios. Las cordilleras opuestas, que forman, por decirlo así, la otra muralla del valle, tienen también su pequeña falda cultivada; el resto no se compone más que de peñascos, rápidas pendientes desliadas de toda vegetación, excepto algunas zarzas que crecen por entre las grietas.
De lo alto de dicho castillo, como el águila desde su ensangrentado nido, el selvático señor dominaba en torno de sí todo el espacio en donde un pie mortal pudiera posarse, y no percibía el más leve ruido humano por encima de su cabeza. Echando una ojeada alrededor, abrazaba todo aquel recinto, á saber: las pendientes, las cimas y los caminos practicados en medio de éstas. Á los ojos del que lo contemplaba desde lo alto, el sendero tortuoso que iba á dar acceso á tan terrible mansión, se desplegaba á manera de una serpenteante cinta; desde las ventanas y almenas el señor podía contar con la mayor comodidad los pasos del que llegaba, y descargar cien veces las armas contra él. Con aquella guarnición de bravos que tenía en el castillo hubiera podido desafiar á todo un ejército, dejándolo tendido sobre el sendero mismo, ó haciendo rodar á muchos hasta el fondo del valle, sin que ni uno solo siquiera pudiese llegar á la cumbre. Por lo demás, nadie que no fuera mirado con buenos ojos por el dueño del castillo, se atrevía á poner el pie, no digo arriba, sino ni aun en el mismo valle, ni tan siquiera de paso. El esbirro, pues, que hubiera tenido la desgracia de dejarse ver, habría sido tratado como un espía que es cogido en un campamento. Se referían trágicas historias de los últimos que habían querido intentar semejante empresa, pero eran ya historias antiguas; y ninguno de los jóvenes vasallos se acordaba de haber visto en el valle un hombre de aquella especie, ni vivo, ni muerto.
Tal es la descripción que el anónimo hace del paraje; del nombre, nada; al contrario, por no ponerse en el compromiso de descubrirlo, no dice nada del viaje de D. Rodrigo, y lo coloca de repente en medio del valle, al pie del pico, á la entrada del escarpado y tortuoso sendero. En este sitio existía una taberna, que se hubiera podido llamar también cuerpo de guardia. Una vieja muestra, en la cual estaba pintado por ambos lados un sol radiante, veíase suspendida sobre la puerta; pero la voz pública que repite algunas veces los nombres que le enseñan, después de lo cual los rehace á su modo, no designaba la expresada taberna más que con el nombre de _Malanotte_[1].
Al ruido de una cabalgata que se aproximaba, apareció en el umbral un muchacho armado hasta los dientes. Después de haber echado una rápida mirada, entró á dar el aviso á tres bandidos que estaban jugando con unas cartas asquerosas y dobladas en forma de tejas. El que parecía ser el jefe se levantó, se plantó en el umbral, y habiendo reconocido á un amigo de su amo, lo saludó respetuosamente. D. Rodrigo le devolvió el saludo con mucho garbo, y le preguntó si el señor se hallaba en el castillo: habiéndole contestado aquél que así lo creía, D. Rodrigo se apeó y arrojó la brida á Tiradritto, uno de los bravos de su comitiva. Se quitó la escopeta que llevaba á la espalda, y se la entregó á Montanarolo, como para desembarazarse de un peso inútil y subir más ligero; mas en realidad, porque sabía muy bien que en aquellos sitios no era permitido andar con ella. En seguida sacó de su bolsillo algunas monedas, y se las dió á Tanabuso, diciéndole: “Vosotros, quedaos aquí esperándome; entretanto, podréis entreteneros con estas buenas gentes”. Sacó, por último, algunos escudos de oro, y los puso en la mano del jefe, asignando la mitad para éste y la otra para sus compañeros. Finalmente, acompañado del Griso que había dejado también su arcabuz, empezó á subir el sendero. En el ínterin, los tres mencionados bravos y Sguinternotto, que era el cuarto (¡vaya unos nombres bonitos para conservarlos con tanto cuidado!), se reunieron á los tres del Incógnito y á aquel muchacho educado para la horca, poniéndose á jugar, á beber, y contarse mutuamente sus proezas.
Otro guapetón de los del Incógnito, que subía, se unió poco después á D. Rodrigo; lo miró, lo reconoció, y siguió andando en su compañía, evitándole así el fastidio de decir su nombre y de dar cuenta de su persona á todos los que hubiera encontrado que no le conociesen. Cuando hubo llegado y fué introducido en el castillo (dejando, sin embargo, al Griso en la puerta), se le hizo atravesar una larga crujía de oscuros corredores, y una infinidad de salas tapizadas de mosquetes, sables y partesanas; en cada una de dichas estancias se veía un bravo que estaba de centinela: después de haber aguardado un poco de tiempo, fué introducido á la en que se hallaba el Incógnito.
Éste le salió al encuentro, devolviéndole el saludo y mirándole al mismo tiempo al semblante y á las manos, según tenía de costumbre, y casi siempre involuntariamente, á cualquiera que iba á verle, aunque fuera uno de sus más antiguos y experimentados amigos. Era de elevada estatura, morena tez, y calvo: á primera vista los escasos cabellos blancos que le quedaban y las arrugas de su rostro, habrían hecho creer que contaba más edad que la que en realidad tenía, pues acababa de cumplir sesenta años; mas su continente y movimientos, la pronunciada dureza de sus facciones, y el resplandor siniestro que brillaba en sus ojos, indicaban una fortaleza de cuerpo y alma que hubiera sido extraordinaria en un joven.
D. Rodrigo dijo que venía á pedirle consejos y ayuda; que hallándose metido en una empresa difícil, de la cual su honor no le permitía retirarse, se había acordado de las promesas de aquel que nunca las hacía de más, ni en vano, y le expuso su abominable intriga. El Incógnito que tenía ya, aunque confusamente, algunas noticias, estuvo escuchando atentamente y con la mayor curiosidad, aquella narración, principalmente porque iba mezclado un nombre que le era muy conocido y sumamente odioso, el del padre Cristóbal, enemigo declarado de los tiranos, y que les hacía la guerra siempre que podía, tanto con palabras, como con acciones. D. Rodrigo, conociendo con quién hablaba, se puso en seguida á exagerar las dificultades de dicha empresa, la distancia del lugar, un monasterio, la señora... Á esto, el Incógnito, como si hubiese sido inspirado por un espíritu maligno, oculto en su interior, le interrumpió de súbito, diciendo que tomaba el negocio á su cargo. Apuntó el nombre de nuestra pobre Lucía, y despidió á D. Rodrigo dirigiéndole las siguientes palabras: “Dentro de poco recibiréis un aviso mío tocante á lo que tendréis que hacer”.
Si el lector se acuerda de aquel malvado llamado Egidio, que habitaba junto al monasterio en donde la desventurada Lucía se había refugiado, sepa ahora que éste era uno de los más íntimos compañeros de maldades que tuvo el Incógnito, siendo la causa por la cual este último había empeñado su palabra con tanta prontitud y resolución; mas apenas quedó solo, se encontró, no diré arrepentido, sino despechado de haberla dado. Hacía ya algún tiempo que comenzaba á experimentar, cuando no remordimientos, á lo menos cierta vaga inquietud, con respecto á sus maldades.
Cada vez que cometía una nueva, el recuerdo de las que se amontonaban á su memoria, si no en su conciencia, se volvía á despertar, y se las presentaba con más negros colores y en mayor número: se asemejaba á una carga ya incómoda de suyo, y cuyo peso crece á cada instante. Una cierta repugnancia experimentada al cometer sus primeros crímenes, repugnancia vencida después y que se había desvanecido casi enteramente, tornaba entonces á hacerse sentir. Pero en aquellos primeros tiempos, la imagen de un porvenir vasto, indeterminado, el sentimiento íntimo de una poderosa y larga vitalidad, llenaban su corazón de una confianza irreflexiva; ahora, por el contrario, los pensamientos del citado porvenir le hacían el pasado más doloroso. ¡Envejecer!, ¡morir!, ¿y después? ¡Cosa admirable! la imagen de la muerte, que en un peligro cercano, al frente de un enemigo, solía redoblar el ardor de ese hombre, é inspirarle una furiosa cólera; dicha imagen, repito, apareciéndosele en medio del silencio de la noche, dentro del castillo, asilo seguro é impenetrable, lo sumía en una repentina consternación. Esta muerte no era aquella con la que le hubiera amenazado un implacable adversario, mortal lo mismo que él; no se la podía rechazar con armas mejores, con brazo más pronto; venía sola, nacía de él; quizá estaba lejos todavía, pero á cada momento daba un paso más, y mientras que su espíritu luchaba dolorosamente para alejarla del pensamiento, cada vez se acercaba también más. Al principio, los ejemplos tan frecuentes, el espectáculo, por decirlo así, perpetuo de la violencia, de la venganza, del asesinato, inspirándole una emulación feroz, le habían servido también como una especie de autoridad contra su conciencia: al presente renacía á cada instante, en su espíritu, la idea confusa, pero terrible, de un juicio personal, de una razón independiente del ejemplo; la idea de haber salido de la turba vulgar de los malvados, el haberlos igualmente dejado á todos muy atrás: esta idea que tanto le lisonjeaba en otro tiempo, le causaba ahora el sentimiento de una soledad tremenda. Ese Dios del cual había oído hablar, pero que mucho tiempo hacía no trataba de negar ni reconocer, ocupado solamente en vivir como si no existiera, al presente, en ciertos momentos de abatimiento sin motivo, de terror sin peligro, le parecía oir una voz en su interior que decía: “¡Sin embargo, yo existo!”. En la primera efervescencia de sus pasiones, la ley que había oído proclamar en nombre de aquel Dios, no le parecía más que una cosa odiosa; ora, cuando venía á asaltar su mente de improviso, ésta, á su pesar, la concebía como una cosa que tiene su cumplimiento. Pero en lugar de franquearse con alguno sobre esta su nueva inquietud, la ocultaba profundamente, y la disfrazaba bajo la apariencia de la más intensa ferocidad, buscando por este medio el encubrírsela á sí mismo ó sofocarla. Envidiando (ya que no podía aniquilarlos ni olvidarlos) aquellos tiempos en que solía cometer maldades sin ninguna especie de remordimientos, sin más solicitud que la de su buen éxito, se esforzaba todo lo posible para hacerlos volver ó para retener y recobrar aquella antigua voluntad, pronta, soberbia, imperturbable, con el objeto de convencerse que aún era el mismo hombre de otras veces.
Ésta fué la causa de haber tan pronto empeñado su palabra á D. Rodrigo, para cerrar la entrada á toda perplejidad. Mas apenas éste hubo partido, cuando sintió de nuevo que se debilitaba la resolución que había formado y el compromiso que él mismo había creado, percibiendo al mismo tiempo presentarse poco á poco á su imaginación los pensamientos que le inducían á faltar á su palabra, y que le habían expuesto casi á flaquear en presencia de un amigo, de un cómplice subalterno: para cortar de un golpe tan penoso contraste, llamó á Nibbio, uno de los más diestros y atrevidos ejecutores de sus crímenes, y del cual tenía costumbre de servirse para la correspondencia con Egidio. Habiéndosele aquél presentado, el Incógnito, con ademán resuelto, le ordenó que montara en seguida á caballo, que se encaminase directamente á Monza, é informase á Egidio del compromiso contraído, requiriendo su ayuda para cumplirlo.
El digno mensajero volvió más pronto de lo que su amo esperaba, con la siguiente respuesta de Egidio: que la empresa era fácil y segura; que le mandase en seguida un carruaje con dos ó tres bravos, bien disfrazados, encargándose él de todo lo demás. Á este aviso, el Incógnito ordenó inmediatamente al mismo Nibbio que lo dispusiera todo según había dicho Egidio, y que partiese con otros dos que designó á dicha expedición.
Si para dar cumplimiento al horrible servicio que se le había pedido, hubiese tenido Egidio que contar con sus solos medios ordinarios, ciertamente no hubiera dado una contestación tan decisiva. Pero en aquel mismo asilo en donde parecía que todo debían ser obstáculos, el malvado tenía un medio conocido de él tan solo, sirviéndole de instrumento lo que para otros hubiera sido una dificultad. Ya hemos referido que la desventurada señora prestó una vez oídos á sus palabras; y el lector puede haber comprendido que no sería la última, y sí sólo el primer paso hacia el camino de abominación y de sangre. Aquella misma voz que había adquirido fuerza, y casi podría decirse autoridad por el crimen, le impuso al presente el sacrificio de la inocente que estaba bajo su amparo.
La proposición fué espantosa para Gertrudis. Perder á Lucía por un accidente imprevisto, sin culpa, le parecía una desgracia, un castigo amargo; habiéndosele ordenado que se deshiciese de ella por medio de una criminal perfidia, cambiando de este modo en un nuevo remordimiento, un motivo de expiación. La desgraciada probó todos los medios para eximirse de tan horrible orden; todos, repito, á excepción del único que hubiera sido infalible, y que sin embargo, estaba al alcance de su poder. El crimen es un dueño severo é inflexible, contra el cual no llega uno á ser fuerte si no se subleva enteramente. Gertrudis no pudo resolverse á esto último, y obedeció.
El día prefijado había llegado; acercábase la hora convenida: Gertrudis, retirada con Lucía en su locutorio particular, la colmaba de caricias más que de ordinario, y ésta las recibía y devolvía con creciente ternura; como la oveja estremeciéndose sin temor bajo la mano del pastor que la palpa y la arrastra suavemente, se vuelve á lamer su mano; y no sabe que el carnicero á quien el pastor acaba de venderla, está aguardando que salga del redil para sacrificarla.
Necesito un gran servicio, y vos sola podéis prestármelo. Poseo mucha gente que me obedezca, pero nadie de quien fiarme. Para un negocio de la más alta importancia, que os referiré en seguida, necesito hablar al momento, con el padre guardián de capuchinos que os ha conducido aquí, mi pobre y querida Lucía; mas con todo, es preciso que nadie sepa que yo lo he mandado llamar. No tengo á otra persona más que vos sola para verificar con el más escrupuloso secreto este mensaje.
Lucía se quedó aterrada al escuchar semejante petición; y con su ordinaria timidez, pero no sin manifestar una grande admiración, alegó de pronto, con el objeto de excusarse, las razones que la señora debía comprender, que hubiera debido prever: sin su madre, sin nadie, en un camino solitario, en medio de un país desconocido... Pero Gertrudis, educada en una escuela infernal, manifestó á su vez también tanta admiración, y tanto disgusto de experimentar tal negativa de una persona con la cual creía poder contar, que fingió hallar muy frívolas semejantes excusas: “¡Á la mitad del día, cuatro pasos, un camino que Lucía había andado pocos días antes, y que aun cuando no lo hubiese visto jamás, con una pequeña indicación era imposible equivocarse!”... Tanto dijo, que la pobrecita, conmovida á la vez de reconocimiento y vergüenza, dejó escapar de su boca: “¡Y bien!, ¿qué debo hacer?”.
--Id al convento de capuchinos; y al decir esto, le hizo de nuevo la descripción del camino: Haced llamar al padre guardián; decidle, á solas por supuesto, que venga aquí al instante; pero que no diga absolutamente á nadie que soy yo la que lo manda llamar.
--Mas, ¿qué diré á la portera, que nunca me ha visto salir y que me preguntará adónde voy?
--Procurad pasar sin ser vista; y si no podéis conseguirlo, decid que vais á la iglesia tal, donde habéis prometido ir á rezar.
Nueva dificultad para la infeliz joven; ¡mentir! Pero la señora se manifestó de nuevo tan afligida de la repulsa, hizo ver á Lucía que era una cosa tan fea el anteponer un vano escrúpulo al reconocimiento, que esta desgraciada, aturdida más bien que convencida, y sobre todo, conmovida más que nunca, respondió: “Bien, iré: ¡Dios me ampare!”. Dicho lo cual, se puso en marcha.
Cuando Gertrudis, que desde la reja del locutorio la seguía con los ojos fijos y turbados, la vió poner el pie en el umbral de la puerta, como dominada por un sentimiento irresistible, abrió la boca y dijo: “¡Escuchad, Lucía!”.
Ésta se volvió, y se dirigió de nuevo á la reja. Mas ya otro pensamiento, un pensamiento habituado á predominar, había prevalecido en el ánimo de la desventurada Gertrudis. Fingiendo no estar satisfecha de las instrucciones que le había dado, explicó por segunda vez á Lucía el camino que debía tomar, y la despidió diciendo: “Hacedlo todo del modo que os he dicho, y volved pronto”. Lucía partió.
Pasó sin ser observada la puerta del claustro, emprendió el camino, con los ojos bajos, muy inmediata á la tapia; encontró con las indicaciones que la señora le había hecho y con sus propios recuerdos, la puerta de la villa; salió, se encaminó toda sobrecogida y temblorosa por el camino real; llegó en pocos momentos á la entrada del que conducía al convento, y lo reconoció. Este camino formaba, y forma ahora todavía, una especie de hondonada, semejante al cauce de un río, entre dos elevadas márgenes orladas de arbustos, constituyendo también en su parte superior una estrecha vereda. Lucía entró en el expresado camino, y viéndolo enteramente desierto, sintió aumentarse el miedo, y apresuró el paso; mas poco después se tranquilizó algún tanto al ver un coche de camino que estaba parado, y cerca de él, enfrente de la portezuela abierta, dos viajeros que miraban á todas partes, como dudosos del camino. Siguió andando, y oyó que uno de aquellos dos individuos decía: “He aquí á propósito una buena joven que nos indicará el camino”. Efectivamente, cuando hubo llegado delante del carruaje, aquel mismo hombre, con palabras más corteses que no denotaban su aspecto, se volvió á ella y le dijo: “Excelente joven, ¿podríais enseñarnos el camino de Monza?”.
--El que seguís es enteramente opuesto, respondió la infeliz; Monza cae hacia aquel lado... Al volverse para señalárselo con la mano, el otro compañero (que era Nibbio, á quien ya conocemos), la cogió de improviso por la mitad del cuerpo, y la levantó haciéndole perder la tierra. Lucía aterrada vuelve la cabeza y lanza un grito; el malvado la mete á la fuerza en el carruaje: un tercero que estaba sentado en el fondo, la sujeta y la obliga, aunque la infeliz hace desesperados é inútiles esfuerzos á sentarse delante de él; otro le tapa la boca con su pañuelo y ahoga sus gritos. Entonces Nibbio entra también precipitadamente en el carruaje; ciérrase la portezuela, y parte al escape. El que había hecho la pérfida pregunta, permaneció parado en medio del camino real, lanzó una ojeada á todos lados, para ver si por acaso había acudido alguno á los gritos de Lucía: nadie, sin embargo, se presentó; saltó á una de las márgenes asiéndose á las ramas de un arbusto, y desapareció. Era éste un servidor de Egidio; se había colocado cerca de la puerta del monasterio, haciéndose el tonto, con el objeto de espiar la salida de Lucía: después de haberla visto salir, la había observado bien, para poderla reconocer, y se había dirigido apresuradamente por un camino más corto á esperarla en el sitio convenido.
¡Quién es capaz de describir el terror, las angustias de la infortunada Lucía, de expresar lo que pasaba en su interior! En su cruel ansiedad, quería conocer su horrible situación; abría sus ojos despavoridos, y los cerraba de repente, á causa del miedo que le infundían aquellos espantosos semblantes; forcejeaba para desasirse, mas estaba enteramente sujeta: reunía todas sus fuerzas, y daba inútiles sacudidas, para arrojarse hacia la portezuela; pero dos nervudos brazos la tenían como clavada en el fondo del carruaje: además de esto, cuatro enormes manazas parecían encadenarla. Cada vez que abría la boca para lanzar un grito, el pañuelo estaba pronto á ahogarlo en su garganta. Mientras tanto, tres infernales bocas, con la voz más humana que les había sido posible tomar, le decían: “Quedo, quedo; no tengáis miedo, no queremos haceros mal alguno”. Después de breves momentos de una lucha tan angustiosa, pareció calmarse; dejó caer los brazos y la cabeza hacia atrás, sus párpados apenas se abrían, y sus pupilas veíanse inmóviles: aquellas horribles caras que tenía delante parecieron confundirse y agitarse en una monstruosa miscelánea; el color huyó de sus mejillas, cubriéronse de un sudor frío, cayendo desvanecida y sin sentido.
--Vamos, ánimo, decía Nibbio; ánimo, repetían los otros dos malvados; pero el desvanecimiento de todos los sentidos preservaba en aquel momento á Lucía de oir las exhortaciones de aquellas horribles voces.
--¡Diantre, parece muerta!, dijo uno de ellos; ¿si estará muerta de veras?
--¡Bah!, replicó otro; esto es uno de los desmayos que suelen dar á las mujeres. Yo sé por experiencia que cuando he querido mandar á alguno al otro mundo, fuese hombre ó mujer, ha sido preciso hacer otra cosa.
--Vamos, dijo Nibbio, atended á vuestro deber, y no traigáis á colación cosas pasadas. Sacad las armas de debajo del asiento, y tenedlas dispuestas; porque en el bosque donde ahora entramos, se guarecen siempre muchos bandidos: ¡no así, en la mano, diablo!, colocáoslas detrás, ocultadlas: ¿no veis que ésta es una marica que se desmaya por nada? Si ve armas es capaz de morirse de veras. Cuando recobre el sentido, procurad no asustarla; no la toquéis mientras yo no os lo avise; para sujetarla basto yo, y chitón; dejadme hablar.
En el ínterin el carruaje, continuando siempre al escape, había entrado en el bosque.